El más allá en la historia

21 octubre, 2023 0 Por espiritasmadrid

Artículo redactado por Juan Miguel Fernández Muñoz

El estudio atento de la historia de los pueblos, no nos muestra solamente el carácter universal de la creencia en el más allá, puesto que nos permite seguir también el encadenamiento grandioso de las causas y de los efectos que repercuten, a través de los tiempos, en el orden social.

Esta creencia se encuentra en el corazón de las grandes religiones de Oriente y en las obras filosóficas más puras y elevadas.

Es la que ha guiado en su marcha a las civilizaciones del pasado y ha logrado perpetuarse de edad en edad. A pesar de las persecuciones y de los eclipses temporales, ha reaparecido y persiste a través de los siglos en todos los países.

Llama la atención que ninguna religión ha negado el mundo de los muertos y todas se han esforzado en describirlo.

Asimismo, en todas existe una creencia esencial en común: entre la vida material y la espiritual hay una continuidad del ser humano y la muerte representa tan solo un cambio de estado.

La idea de la supervivencia del espíritu, su reencarnación, etc., se encuentra prácticamente en todos los pueblos, filosofías y religiones del mundo.

Bajo este punto de vista, las lecciones del pasado son sorprendentes.

El testimonio de los siglos está estampado con un carácter de majestad que sorprende al hombre más indiferente y que nos demuestra su irresistible fuerza encontrando la afirmación de un hecho que ha subsistido a través de las vicisitudes de los tiempos;

y este hecho es la creencia universal en las manifestaciones de las almas libertadas por sus cuerpos terrestres.

Viendo que estas presencias están mezcladas de una manera estrecha y constante con la evolución de las razas humanas, a tal punto, que son inseparables de la historia de la Humanidad.

Si realizamos también una rápida ojeada sobre el papel que ha representado en la historia la creencia en el más allá, y hacer un breve recuento desde la prehistoria hasta la actualidad, debemos comentar que esta convicción domina toda la antigüedad.

En el Periodo Musteriense, 70 a 50 mil años antes de nuestra era, vemos que se encuentran huellas que sugieren la existencia, entonces, de estas creencias,

pues ¿qué otra cosa puede significar la colocación de determinados objetos junto a los cadáveres, sino la seguridad de que eran necesarios en una vida después de la muerte?

Lo mismo sucedió en el Paleolítico, 35 a 10 mil años y en el Neolítico, 2.500 años antes de la era actual, con los primeros monumentos funerarios en forma de Túmulos o Dólmenes en los cuales se colocaban alimentos y objetos familiares del difunto para que los utilizara en el más allá.

De la Edad del Bronce, en las tumbas de los celtas, 2.000 a 1.700 años a.e.a. se encuentran carros, monedas, utensilios, aderezos, etc., incluso cadáveres de compañeros de armas para que acompañaran al difunto en la vida a otro lugar.

Los oráculos griegos constituyen un aspecto fundamental de la religión y de la cultura griega. Los oráculos de Zeus, que era considerado el primer dios adivino, eran transmitidos, entre otros, a través de los sacerdotes y las sacerdotisas.

El oráculo era la respuesta dada por un dios a una pregunta personal, concerniente generalmente al futuro.

Los oráculos no podían ser pronunciados más que por algunos dioses, en los lugares precisos, sobre objetos determinados y con respeto a unos ritos rigurosamente concretos.

La mántica, es decir, el dominio de la adivinación en el mundo griego antiguo, no estaba constituido más que por ciencias oraculares.

Los adivinos, como Tiresias, eran personajes mitológicos.

La adivinación en Grecia, no era un asunto de mortales inspirados, sino de personas respetuosas de unos ritos determinados, que la tradición había podido dar la apariencia de una inspiración, o en sentido propio, de “entusiasmo”, es decir, de “iluminación divina”.

Sabemos, gracias a las excavaciones realizadas en Delfos, que el santuario era uno de los más frecuentados y de los más ricos.

Su oráculo ha permanecido muy vivo hasta el periodo cristiano. Los cristianos, sin embargo, lo caricaturizaron, dando una imagen falsa de Pitia, la intérprete oracular de Apolo, al considerarla una mujer histérica, embriagada de vapores de azufre y drogada, transmitiéndolo en textos erróneos, que han participado mucho en su olvido.

Sin embargo esta visión de Pitia no coincide en absoluto con la que los griegos nos han transmitido de la sacerdotisa.

En los recintos de piedra de la antigua Galia, bajo la sombría bóveda de las encinas y en las islas sagradas en cuyo derredor ruge el océano, hasta los templos de Centroamérica, se practicaba la comunión de las almas.

Y en todas las partes, un buen número de pueblos, muy distantes entre sí, nos han legado magníficos escritos que hablan de ello. Es espléndido ejemplo de esto el poema celta La navegación de Bram.

De la India se extendió por todo el mundo y mucho antes de que aparecieran los grandes reveladores de los tiempos históricos, fue expresada por los Vedas principalmente en el Bhagavad Gita o el Canto del Bienaventurado, y las Leyes de Manú, uno de los textos más antiguos escritos en sánscrito, la antigua lengua de los brahmanes, que se supone compuesto hacia el siglo X antes de Jesucristo,donde el príncipe Arjuna,

a punto de empezar la batalla, reconoce en el ejército enemigo a unos parientes que él ama, y cuando está abrumado por el dolor, ante el pensamiento de que en la lucha podría causarles la muerte, Krisna le consuela descubriéndole la doctrina de la transmigración de las almas,

encontrando asimismo en La Vendata, las innumerables referencias a la reencarnación y a la inmortalidad del alma.

Recordando que los Indios creen que las vidas sucesivas crean al alma una envoltura llamada Karma que se modifica en bien o en mal, según las acciones buenas o malas.

El brahamanismo y el budismo se inspiraron en estas creencias y aún hoy día, millones y millones de ascéticos son seguidores.

En el Tibet, el Bardo Thödol nos habla de un espíritu que permanece después de la muerte física y luego reencarna.

El Avesta de los Arios del Irán, cuya antigüedad se ubica entre el siglo X y el VII a.e.a., se refiere a la vida espiritual y a nuevos nacimientos en condiciones acordes con las acciones de la vida anterior.

Unos 12.000 años, antes de que existieran las pirámides, según nos ha sido revelado por las inscripciones de los monumentos, con sus imágenes sorprendentes, junto con los libros de Hermes, los egipcios creían en el más allá bajo un signo más o menos oscuro, y representaban al espíritu como un pájaro con rostro humano que dejaba el cuerpo con la muerte física.

Los antiguos caldeos de la baja Mesopotamia, quizá la más antigua de la civilización egipcia,

considerada como una de las verdades fundamentales de los Magos que eran los Maestros de la Sabiduría Oculta, admitían que el alma evolucionaba mediante una ascensión continua hacia la perfección.

Inconsciente al principio, enseñaban que el alma atravesaba sucesivamente todos los reinos de la naturaleza antes de llegar al mundo de la Humanidad, adonde aparece con facultades intelectuales que ha adquirido poco a poco en el transcurso de las existencias pasadas.

Su destino es desarrollarse más y ascender millares de peldaños en la escala de la inteligencia hasta la más elevada.

La escuela de Alejandría, le da un vivo esplendor con las obras de Filón, Plotin, Ammonio, Sacchos, Porfirio, Jámblico, etc.

Pitágoras, que fue coetáneo de Buda, Lao-Tse y Confucio que vivió en Egipto y tuvo relaciones con los druidas, sacerdotes de los antiguos galos y celtas, tuvo muchísima influencia sobre Platón.

Aunque hoy es conocido como matemático, fue por encima de todo un ilustre pensador que supo conjugar los misterios iniciáticos de Egipto, Persia y los refundió dentro de los pueblos del Mediterráneo.

Tales misterios consistían en el conocimiento de las leyes de la vida y la muerte, la revelación del nacimiento y la comunicación del mundo oculto.

La inspiración es una sugestión de los espíritus que nos revela el porvenir y todas aquellas cosas que están escondidas”, decía.

Desde la antigua Roma, eminentes personajes del mundo romano, nos hablan también de estas conocidas creencias: Marco Tulio Cicerón en el Sueño de Escipión, Ovidio, Virgilio y Plinio el joven, ya que en sus escritos, perdurables obras, la aluden frecuentemente.

Un genio avisa a César, la víspera de su muerte, que no vaya al Senado, y más tarde, cuando Domiciano cae bajo el puñal de los conjurados dirigidos por Clemente, desde la extremidad del Imperio, encontrándose en Éfeso, disertando en los jardines, Apolonio de Tiana, del que se decía que era la reencarnación de Prometeo, presencia en una visión, el sangriento drama, diciendo:

¡El tirano ha sido herido! ¡Herido!”

Se instituían ceremonias públicas en honor de los muertos. La multitud se reunía a la entrada de alguna gruta.

Las sibilas se entregaban a sus encantamientos y de los lugares oscuros, nos dicen los escritores de la época, se veían surgir las sombras y presentarse a la luz.

Gracias a los poemas órficos, es decir de Orfeo, Grecia ha legado una hermosa literatura que hace referencia a un mundo de espíritus desencarnados, que aparecían bajo la forma humana y hablaban con los asistentes.

Les enseñaban la sucesión de las existencias y la ascensión final del espíritu a la luz divina, por sendas puras y laboriosas.

Esta era la convicción de Sócrates que afirmaba que morir era tan sólo una migración de un mundo para otro.

Y también de Platón, de Apolonio de Tiana y de Empédocles, a través de sus obras, pero en términos velados, puesto que estaban ligados la mayor parte por el juramento iniciático.

Vemos así que en los poemas épicos de Homero los moribundos profetizan y el alma de Patroclo visita a Aquiles en su tienda;

Platón decía que los renacimientos eran indeseables y lo deseable era quedarse en el país de los desencarnados.

La religión judía sostuvo la supervivencia del espíritu; basta leer en el Antiguo Testamento la narración de la oportunidad en que Saúl,

primer rey de los hebreos, que fue reprobado y sustituido por David, acude a la bruja de Endor y ésta invoca al espíritu de Samuel, profeta y juez de Israel, y

Saúl entendiendo que era Samuel, humillando su rostro a tierra, hizo gran reverencia”.

Asimismo, en los libros sagrados de los hebreos, el Séfer Ha-Zohar, la Cábala, y el Talmud, la afirman igualmente, siendo la misma de los fariseos y esenios, encontrándose amplios temas relacionados con la reencarnación.

Existe un Libro de los Muertos maya, tal como existe uno tibetano y otro egipcio.

Recordemos que el cristianismo difundió la doctrina, apoyándose en las manifestaciones de ultratumba.

El Cristo marcha en la vida rodeado de una multitud invisible, cuya presencia se revela en todos sus actos.

Él mismo, después de su muerte, aparece a sus discípulos consternados y su presencia reanima su valor.

Por espacio de diez siglos, los primeros cristianos se comunicaron abiertamente con los espíritus de los muertos y recibieron sus instrucciones.

El Antiguo y el Nuevo Testamento, en medio de textos oscuros y alterados nos traen aún numerosas huellas sobre el más allá,

reapareciendo en diferentes épocas en el mundo cristiano, bajo la forma de las grandes herejías y de las escuelas secretas; más fue anegada en sangre o ahogada bajo las cenizas de las hogueras.

En Oriente, la antigua religión animista pre-budista del sintoismo que se practicaba en el Japón, mucho antes del siglo VI de la era actual, incluía la inmortalidad del espíritu y la reencarnación,

demostrándonos lo que puede en un pueblo con tales creencias. El magnífico valor, el espíritu de sacrificio que demuestran los japoneses frente a la muerte, su impasibilidad ante el dolor, todas esas cualidades primordiales, que fueron el asombro del mundo en circunstancias memorables, no tienen otro origen.

En China, la creencia en la supervivencia del espíritu estuvo presente desde muy atrás en la historia, pues en la doctrina mística del Taoismo, a través de los libros de Lao-Tsé que comentaba:

Entrar en la vida: ir hacia la muerte” se enseñaba la reencarnación.

De igual manera en la obra de Chuang Tsé que data del siglo VI a.n.e., se afirma que “la muerte es el principio de una nueva vida” y, algunas sectas como la del Mao, utilizaban médiums para contactar con los espíritus superiores, especialmente a través de la escritura automática.

Si miramos hacia América, vemos que prácticamente todas las religiones indígenas concedían un lugar preponderante a los espíritus y creían en la reencarnación;

algunas tribus colocaban los cuerpos de niños fallecidos al lado de los caminos para que sus almas encontraran cuerpos nuevos entre las mujeres embarazadas que pasaran por allí.

Las ideas de los Aztecas coincidían también con las de los Mayas y los Incas del Perú, que creían en la reencarnación y en la inmortalidad del espíritu.

En el continente africano, la mayoría de sus pueblos creen y afirman que el mundo de los muertos es un lugar de tránsito y que el difunto regresa a la tierra para iniciar un nuevo ciclo vital.

En la Edad Media, se eclipsa casi enteramente, y cesa de influenciar el desarrollo del pensamiento occidental, con gran detrimento para el mismo.

De ahí los errores y la confusión de esta sombría época, el fanatismo rastrero, la persecución cruel, la mazmorra para el espíritu humano. Una especie de noche intelectual se cernió sobre nosotros.

Nos cita la historia también que a principios del siglo XVI el Doctor Eugenio Torralba alcanzó una gran popularidad en toda España, no ya por sus buenas habilidades médicas, sino por contar con la amistad de un genuino y misterioso personaje:

Zequiel, al que el eminente Marcelino Menéndez Pelayo, en su “Historia de los heterodoxos españoles” describe como:

un joven gallardo de tez blanca vestido de rojo y negro”, del que se decía que no pertenecía a este mundo, y que según se dice se dirigió al Doctor Torralba con estas palabras: “Yo seré tu servidor mientras viva”.

Se cuenta que desde entonces Zequiel visitaba frecuentemente al Doctor Torralba con el que mantenía interesantes conversaciones en latín o en italiano y cómo espíritu del bien jamás lo aconsejaba contra la fe cristiana ni la moral,

dándole siempre sabios consejos e instruyéndole de los secretos de las plantas, las hierbas y los animales, alcanzando así unos conocimientos curativos que le dieron fama y renombre en toda España, con los cuales alcanzó portentosas curaciones.

Zequiel no sólo le servía como maestro de ciencias, sino que también socorría a su amigo

(o señor) con dinero cuando éste lo necesitaba, y le informaba de antemano de los secretos políticos, además de lo que se cocinaba en las altas esferas del Estado, previniéndole incluso de sucesos que aún estaban por venir.

De esta forma el Doctor Torralba pudo contarle al Cardenal Cisneros (antes de que aconteciese) la muerte de don García de Toledo en los Gelves, la de Fernando El Católico y el nombramiento del propio Cisneros en la regencia y la guerra de las Comunidades.

Impresionado por este hecho, Cisneros se mostró deseoso de conocer a tan extraño personaje que tales cosas predecía, pero como Zequiel era un espíritu tan libre y voluntarioso no logró el Doctor Torralba que tal encuentro se produjese.

Como vemos, este caso se ajustaría perfectamente por sus características a las de los espíritus familiares por sus connotaciones de simpatía y afecto por parte de un espíritu desencarnado hacía un ser humano.

No obstante el episodio más famoso del Doctor y su inestimable compañero tuvo lugar cuando el imprudente Torralba describió con todo lujo de detalles en la Corte,

el famoso “Saco de Roma”, que tuvo lugar el 6 de mayo de 1.527 (en el que fue encarcelado el mismo Papa), mucho antes de que llegaran las primeras noticias del mismo a España, afirmando haber presenciado él mismo y en persona todos los acontecimientos, gracias a un supuesto viaje aéreo desde Valladolid a Roma guiado por una especie de nube de fuego, y en el que no había tardado más de hora y media.

Poco después el doctor sería detenido por la Santa Inquisición, torturado durante cuatro años “cuanto la calidad y edad de su persona sufriere” hasta que murió sin que ninguna de sus amistades influyentes le socorrieran, ni tampoco del propio Zequiel, del que nunca nadie más volvió a saber nada.

Mito o leyenda entretejida con la Historia, el caso de Zequiel pasó de todo menos desapercibido, aún más cuando aparece recogido por el propio Cervantes cuando lo cita en el Quijote donde se alude al doctor de esta manera:

Acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma y se apeó en Torre Nona…”

¿Quién era Zequiel? ¿Un místico judío? ¿Un sabio venido de tierras lejanas? ¿Un espíritu materializado?

¿O quizá un personaje real y escurridizo que infiltrado en la Corte de España conocía de primera mano secretas tramas políticas y militares, y que para salvaguardar su integridad, decidió jugar al despiste usando los ropajes de la imaginación y la leyenda para evadirse así de la Historia? Jamás lo sabremos.

Lo que sí podemos afirmar es que el caso de Zequiel no es el único en España, y que a lo largo de nuestra historia, quién lo diría, aparecen muchos otros personajes que cumplen con las mismas características de Zequiel:

siempre hombres jóvenes, vestidos con ropajes lujosos, dotados en todos los casos de una gran belleza, seres con los que se podía tratar de cualquier tema, demostrando bastos conocimientos en las más diversas materias; de ellos se decía que eran seres celestiales formados en parte de luz o de aire, conocidos entre los masones como “hijos de la luz”

de los que se tiene constancia de forma más o menos frecuente sobre todo durante los siglos XV y XVI, apariciones que normalmente estaban vinculadas con rabinos y cabalistas con los que mantenían apasionadas discusiones sobre todo tipo de cuestiones que iban desde la filosofía, las sagradas escrituras y sobre todo las ciencias experimentales.

Esos seres de luz, ese pueblo de las estrellas que tantas veces aparece en la literatura épica y fantástica y a los que siempre imaginamos campando por tierras del norte de Europa, resulta que también andaban por Castilla.

La acentuada proliferación de los fenómenos paranormales, que nos señalan la existencia del más allá, está registrada en los anales científicos desde hace casi un siglo y medio,

dando lugar a que científicos e investigadores en las ciencias psíquicas dedicaran sus mayores esfuerzos a desvelar la incógnita siempre latente del origen o la causa que promueve estas manifestaciones.

Un repaso a las páginas de la historia nos muestra que los citados fenómenos no son nuevos, ya que los fenómenos que un día fueron la gloria de las civilizaciones…

ya muertas, sepultadas bajo las aguas o en las ardientes arenas, renacieron después, como hemos visto en Egipto, en la India, en la Hebrea, floreciendo en los misterios de los templos, rodeados de símbolos complicados y rituales severos.

Las investigaciones realizadas por Sir Williams Crookes, del famoso escritor Arthur Conan Doyle, del profesor Lombroso padre de la antropología criminalista,

del antropólogo Alfred Russel Wallace, del profesor Bottazzi, del rector de la Universidad de Birmingham Oliver Lodge,

del premio novel Charles Richet, los parapsicólogos Rhine y Banerje,

los metapsíquicos Guimaraes de Andrade y Han Bender, los psicólogos Morris Netherton, Gina Cerminara, Edith Fiore,

los físicos nucleares Fritjof Capra y Hoimar von Fitfurth,

entre otras personalidades, avalan la creencia en otra dimensión, en otro plano de vida.

En la mañana del 20 de febrero de 1.939, descendió presurosamente a la cripta vaticana un sacerdote y se postró en oración ante el sugestivo y humilde túmulo de PIO X,

y luego hizo lo mismo ante el sepulcro provisorio de PIO XI, dejando después rápidamente la cripta.

Tras visitar el túmulo de San Pedro, situado debajo del altar de la Confesión, volvió al palacio Apostólico, dirigiéndose a los aposentos reservados al Secretario de Estado Vaticano.

El sacerdote, aunque vestía de negro y usaba el pectoral de oro y anillo episcopal, era el Cardenal Eugenio Paccelli, hasta hacía pocos días, Secretario de Estado del Papa Pio XI.

En el transcurso del día, sus familiares y colaboradores inmediatos notaron, preocupados, que el purpurado estaba extremadamente pálido y pensaron que se trataba de una indisposición originada por el exceso de trabajo que precedió y siguió a la muerte de PIO XI.

Sabían, también, que había preparado la Encíclica que el difunto Papa debía pronunciar con motivo del X Aniversario del TRATADO DE LETRÁN, que se había cumplido el 11 de febrero de ese año.

Se esperaba que éste iba a ser un documento muy importante que podría modificar los planes políticos de Benito Mussolini, lo que despertaba el interés de los medios diplomáticos, ya que nadie ignoraba que el documento sería vital para la situación reinante entre el Vaticano y el Gobierno de Italia.

Pero la Divina Providencia dispuso las cosas de otra forma, ya que la víspera de esa fecha moría PIO XI y el documento ya no tenía razón de ser.

Eran días difíciles y el Secretario de Estado no estaba al margen de esa inquietud, por cuanto tenía información del Nuncio de Berlín, de que HITLER no desistía de su intención de declarar la guerra.

Después de una emocionante reunión con el Sacro Colegio, efectuada en la tarde del 19 de febrero, es decir, la víspera de la fecha que consta en la iniciación de nuestro relato,

el Cardenal Paccelli volvió a sus aposentos más gravemente preocupado, de acuerdo a lo que era posible leer en su rostro.

Tras atender los asuntos más urgentes y tras un leve refrigerio, se recogió a su cuarto privado, como siempre, para comenzar a trabajar.

Ya era noche avanzada y el silencio absoluto.

De la vecina Plaza de San Pedro, apenas llegaba el murmullo de los limpiadores que cumplían su tarea.

En cierto momento, el Cardenal vio frente suyo a una figura de tenues contornos, vestida de blanco, como envuelta en una nube luminosa, que avanzaba hacia él.

El Secretario de Estado no pudo reprimir su asombro.

Estático, delante de la blanca aparición, solo atinó a decir:

“¡SANTIDAD…!”.

“Si, hijo mío, soy yo. El Omnipotente me concedió la gracia de hablarte. En breve, tú serás el nuevo vicario de Cristo en la Tierra, como yo, indignamente, lo fui un día”

“Acontecimientos espantosos sacudirán al mundo durante tu pontificado y tu corazón será dilacerado por inmensos dolores. Mantente fuerte asegurando el timón de la Iglesia. El Omnipotente te asistirá y yo velaré por ti.”

“Tú serás el único consuelo hacia donde se dirigirán las esperanzas de millones de seres humanos.

Empero, deberás gobernar entre más luto y destrucción de lo que me correspondió a mí y en esta oportunidad, la Divina Providencia dispuso que la Iglesia sea gobernada por otro siervo de Dios, más preparado para enfrentar la espantosa tempestad que está por caer sobre los hombres.”

“Ese siervo de Dios, serás tú, hijo mío…”

“Que Dios te bendiga…”

Después de pronunciadas estas sublimes y proféticas palabras, la blanca figura desapareció.

El cuarto volvió a quedar en silencio y a oscuras y el Cardenal Paccelli permaneció durante largo tiempo emocionado por tan extraordinaria visión.

El Papa PIO X le había anunciado que el Omnipotente lo había designado como sucesor del Pontífice muerto, en el momento más terrible de la historia del mundo.

Súbitamente sintió impulsos de arrodillarse en el reclinatorio que tenía en su cuarto humilde y lo hizo frente a un gran crucifijo, donde pasó el resto de la noche orando.

A las 6 de la mañana, cuando las campanas de San Pedro informaban de que era esa hora en Roma, fue a oficiar el Santo Sacrificio y una vez concluido, fue a la cripta Vaticana a orar ante la tumba de PIO X.

El Cardenal Eugenio Paccelli fue nombrado Papa el 2 de marzo de 1.939, y designado PIO XII, cuando cumplía 63 años de edad.

Los investigadores, científicos, intelectuales, etc., hoy encuentran en la demostración patente la realidad de un mundo espiritual, el intercambio entre los dos mundos, la certeza de la vida espiritual más allá de conceptos infantiles y dogmáticos.

Menos mal, que, de tiempo en tiempo, como una ráfaga, el gran pensamiento ilumina aún, por una inspiración de lo alto, algunas hermosas almas intuitivas, que son, para los pensadores de valor, la sola explicación posible de que para la masa era ya un profundo misterio de la vida.

No podemos finalizar esta exposición sin tener presente el trabajo desarrollado paso a paso por Hipólito León Denizard Rivail a mediados del siglo XIX a través de su formación intelectual y pedagógica,

como integrante útil y dinámico de la sociedad de su época, investigando profundamente las relaciones existentes entre el mundo invisible y el físico, ofreciendo una visión panorámica de todos los aspectos, posibilidades y consecuencias actuales y futuras de la Ciencia del Espíritu, tan intensa y solida, e iniciando así, bajo el seudónimo de Allan Kardec, la codificación del Espiritismo.

Reciban ustedes nuestro respeto y agradecimiento por su atención.

Muchas gracias.