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El libro de los Espíritus

14 junio, 2015

Transcurría la mitad del siglo pasado, concretamente el día 18 de Abril de 1.857, cuando en la Galería D’Orleans de París, en el Palacio Royal, en la librería más importante de la capital francesa, en el lugar de encuentro de la literatura, donde se reunían la flor y nata de la sociedad, fue presentado por el eminente pedagogo francés Hipolito León Denizard Rivail, más conocido por Allan Kardec en el mundo Espiritista , “El Libro de los Espíritus” .
Por visión de los Espíritus era necesario que se publicara allí, porque en aquella época, era más valioso ser silbado, rechazado en París, que aplaudido en el resto del mundo. Eso daría un trascendental respaldo literario al libro, al contenido de la obra madre de la Tercera Revelación, la que contiene los principios fundamentales de la Doctrina Espírita.
Allan Kardec, en su nueva trayectoria como codificador de El Espiritismo en los “PROLEGÓMENOS” de la citada abra decía:
“Fenómenos que se sustraen a las leyes de la ciencia vulgar, se manifiestan en todas partes y revelan en su causa la acción de una voluntad libre e inteligente.
“La razón dice que un efecto inteligente debe tener por causa una potencia inteligente, y los hechos han probado que esta potencia puede entrar en comunicación con los hombres por medio de signos materiales.
“Preguntada acerca de su naturaleza, manifestó que pertenecía al mundo de los seres espirituales que se han despojado de la envoltura corporal del hombre. Así es como nos fue revelada la Doctrina Espíritista.
“Las comunicaciones entre el mundo espiritual y el mundo corporal están en la naturaleza de las cosas, sin que constituyan un hecho sobrenatural, y por esta razón se encuentran vestigios de ella en todos los pueblos y en todas las épocas: en el día se hallan generalizadas y patentes para todo el mundo.
“Los Espíritus nos anuncian que han llegado los tiempos señalados por la Providencia para una manifestación universal, y que siendo los ministros de Dios y los agentes de su voluntad, su misión es la de instruir e ilustrar a los hombres abriendo una nueva era para la generación de la humanidad.
“Este libro es la recopilación de su enseñanza; ha sido escrito por mandato de los Espíritus superiores y dictado por ellos mismos para sentar las bases de una filosofía racional, desprendida de las preocupaciones del espíritu de sistema: nada contiene que no sea la expresión de su pensamiento y que no haya pasado por la censura. Únicamente el orden y la distribución metódica de las materias, así como las observaciones y la forma de redacción de algunas de sus partes, son obra del que ha recibido la misión de publicarlo.
“Entre los Espíritus que han concurrido al cumplimiento de esta obra, hay muchos que han vivido en épocas diferentes sobre la tierra, donde han predicado y practicado la virtud y la ciencia, y otros que no pertenecen a ningún personaje de quién la historia conserve el recuerdo; pero queda atestiguada su elevación por la pureza de su doctrina y par su unión con los que llevan nombres venerados.”
A través de 1.019 cuestiones San Juan Bautista, San Agustín, San Vicente de Paul, San Luis, el Espíritu de verdad, Sócrates, Platón, Fenelón, Franklin, Swedemborg, etc.etc., nos exponen un verdadero compendio de sabiduría, que el desarrollo de los acontecimientos vienen confirmando en su integridad desde hace más de un siglo.
Para todos aquellos que las incógnitas de sus inquietudes espirituales, filosóficas y científicas permanezcan sin despejar, les recomendamos adentrarse en “El Libro de los Espíritus”. Descubrirán un cúmulo de conocimientos que enriquecerán su vida.
Juan Miguel Férnandez Muñoz

Ser Completo: Ser Material y Ser Espiritual

14 junio, 2015

George Mivart, el célebre naturalista inglés, analizando psicológicamente al hombre, aclara que él, EL HOMBRE, “difiere de los otros animales por las características de la abstracción, de la percepción intelectual, de la conciencia de sí mismo, de la reflexión, de la memoria racional, de su capacidad de juzgar, de la síntesis e inducción intelectual, del raciocinio, de la intuición, de las emociones y sentimientos superiores, del lenguaje racional y del verdadero poder de la voluntad”
Las enciclopedias definen al hombre como un “animal racional, moral y social, mamífero, bípedo, bimano, capaz de un lenguaje articulado que ocupa el primer lugar en la escuela zoológica: ser humano. . .”
El momento más elocuente de su proceso evolutivo se dio cuando adquirió la conciencia para discernir el bien del mal, la verdad de la mentira.
Estudiado ampliamente a través de los siglos, Pitágoras afirmaba que él, el hombre, es la medida de todas las cosas. Sócrates y Platón establecieron que era el objeto más directo de la preocupación filosófica, siendo el resultado del ser o Espíritu inmortal y del no ser o su materia, que unidos le proporcionaban el proceso de la evolución.
Desde el punta de vista psicológico, la persona es un ser que se expresa en múltiples dimensiones, desde su contenido humanista, comportamentalista y existencial, a nuevos potenciales que estructuran al ser pleno.
La psicología occidental, difiriendo de la oriental, mantuvo el concepto de persona en los límites cuna-sepulcro con la estructuración transitoria, en cuanto la otra sustenta la idea de una realidad trascendente, a pesar de su inseparable expresión de la forma y relatividad corporal.
Los estudios transpersonales, incorporando las tesis orientales, consideran a la persona como un ser integral, cuyas dimensiones pueden expresarse en varias manifestaciones, tales como la consciencia, el comportamiento, la personalidad, la identificación, la individualidad, en un ser complejo de expresión trinitaria.
La persona, observada desde el punto de vista inmortal, es pre-existente al cuerpo y su origen se pierde en los milenios pasados del proceso evolutivo, para desarrollarse de acuerdo a una finalidad que se manifiesta en cada experiencia corporal, la reencarnación, como adquisición de nuevos conocimientos, facultades y funciones, que conducen al crecimiento y a la felicidad.
En el Espiritualismo idealista “el espíritu tiene la primacía en todo lo que se relaciona con el mundo y la vida humana”, en tanto que para el materialismo, “el espíritu no es más que una forma de actividad de la materia que en determinada fase de su evolución de las formas simples hacia otras más complejas, adquirió la conciencia”.

A través de los siglos la filosofía buscó demostrar que la persona es distinta del individuo y del ser psicofísico, que dio margen a consideraciones prolongadas por parte de los pensadores y de variadas escuelas, procurando ofrecer al hombre los caminos para ser feliz en continuas tentativas de interpretar la vida y entenderla. Mientras que los filósofos atomistas lo reducían al capricho de las partículas, las cuales al desarticularse, se aniquilaban a través del fenómeno de biológico de la muerte.
La filosofía espírita nos enseña que el hombre es un conjunto de elementos que se ajustan e ínter-penetran en una misma estructura biológica. El cuerpo carnal y el cuerpo espiritual se originan en el mismo elemento primitivo, es decir, del fluido cósmico universal. Ambos son materia aunque en estados diferentes.
A través del “Libro de las Espíritus” sabemos que hay tres cosas que existen en el hombre:
1a) El cuerpo físico o ser material análogo a los animales y animado por el mismo principio vital. Es el envoltorio material que precisamos para desenvolvemos en este plano de existencia.
2a) El alma o ser inmaterial, espíritu encamado en el cuerpo, ser eterno y preexistente que sobrevive al cuerpo físico después de la muerte.
3a) El lazo que une el alma al cuerpo somático, principio intermediario entre la materia y el espíritu, al que se denomina “periespíritu”, que es constituido de varios tipos de fluido, energía o de materia hiperfísica.
Recordemos que en el mismo instante de la fecundación en el óvulo, la primera célula llamada “cigoto” comienza su trabajo para ir construyendo el cuerpo físico y espiritual en función de sus necesidades reencarnatorias. Y lo hace a través de los genes y cromosomas que nos dan las características físicas necesarias para las lecciones, pruebas y expiaciones que tengamos destinadas en cada existencia.
O lo que es lo mismo, en cada reencarnación se preparará con nuestra colaboración, o sin ella, el organismo físico adecuado para la nueva tarea que hemos de emprender.
La envoltura física no solo vendrá equipada para las tareas a las que nos hemos comprometido en el mundo espiritual, sino que además, traerá consigo la posibilidad de que puedan producirse ciertos desequilibrios orgánicos como reparación de faltas e imprudencias cometidas anteriormente. Todo ello dependerá, por supuesto, de nuestro comportamiento y de nuestra capacidad de asumir los retos que se nos plantean.
Nuestro actual vehículo físico responde perfectamente a la situación de nuestro periespíritu después de la anterior reencarnación, cumpliéndose así la “ley de causa y efecto”.

Una vez que esta realidad ha aparecido ante nuestros ojos, debemos analizar y meditar seriamente, cuál es el comportamiento a seguir, que cosas debemos rápidamente cambiar, cual es el camino para mantener nuestra mente armónica e impedir que se produzcan alteraciones que nos van a afectar también físicamente.
Es de máxima importancia en el complejo humano el moderno “Modelo organizador biológico”, es decir el periespíritu, porque su función es la de personalizar, individualizar e identificar el espíritu, guardando la apariencia humana de su última encamación. En él las experiencias de las múltiples reencarnaciones están archivadas, sufriendo con los tóxicos ingeridos por el hombre. Su plasticidad es afectada por los desgastes del alcohol, de las drogas, de la nicotina, de las tentativas de suicidio, etc., grabándole los disturbios patológicos tales como la esquizofrenia, la epilepsia, el cáncer, el mal de Hansen, entre otros, que en un momento propio favorecen la sintonía con microorganismos que desordenadamente se multiplican y abordan el campo orgánico.
¿Qué ocurre entonces. . .? En futuras reencarnaciones estas lesiones repercutirán como enfermedades patológicas, enseñando al hombre por el dolor la obligación de valorizar la vida y el respeto a Dios.
No debemos olvidar que el periespíritu es el conductor de la energía que establece la duración de la vida física, así como es el responsable por la memoria de las existencias pasadas que se archivan en las telas sutiles del inconsciente actual, proporcionando reflejos o recuerdos esporádicos de las experiencias ya vividas.
Saludable y optimista debe ser para que el amor sea la base fundamental en este momento de cultura, tecnología, ciencia y de desamor. La humanidad ha llegado a un punto en que la tecnología aliada a la ciencia ha logrado casi todo, pero el amor es aún, todavía, una aventura. Nunca hubo tanta gente en la Tierra, más de 7.000 millones de personas, con tantos millones de personas, con tantos millones de soledad. El hombre marcha a solas.
Es por ello, que si queremos purificar nuestra alma debemos cuidar de nuestro vehículo físico para el aprendizaje en la “escuela terrestre” con buenos pensamientos y acciones. En consecuencia, cambiar la constitución de nuestro periespiritu, ya que como viajeros de la eternidad hoy estamos construyendo nuestro mañana.
Juan Miguel Fernández Muñoz

La importancia de nuestras acciones y decisiones

11 junio, 2015

carta

La libertad es la condición necesaria del alma humana, ya que sin ella no podría construir su destino.
A pesar de que a primera vista la libertad del hombre parece ser muy restringida por las propias limitaciones de las condiciones físicas, sociales, o por los intereses de cada uno, en realidad, siempre podemos eludir tales obstáculos y actuar de la manera que nos parezca más acertada.
“La libertad y la responsabilidad son correlativas en el ser y aumentan con su elevación, siendo la responsabilidad la que confiere al hombre dignidad y moralidad, sin ella no sería más que un autómata, un juguete de las fuerzas que nos acompañan”.
Cuando resolvemos hacer o dejar de hacer alguna cosa, nuestra conciencia siempre nos alerta al respecto, aprobándonos o censurándonos. A pesar de que la voz íntima nos alerte, siempre hacemos lo que fue decidido por nuestra voluntad o libre albedrío. Nada nos coacciona en los momentos de tomar las decisiones personales, de ahí que sea correcto afirmar que somos responsables de nuestros actos. Somos los constructores de nuestro destina. Nuestro presente y futuro se encuentran condicionados por nuestras acciones.
El libre albedrío es definido, pues, como “la facultad que tiene el individuo de determinar su propia conducta, o en otras palabras, la posibilidad que tiene de elegir, entre dos o más razones suficientes, para querer o actuar en una de ellas y hacerla prevalecer sobre las demás”. Nuestros actos tejen alas de liberación a cadenas de cautiverio para nuestra victoria o nuestra derrota. Todos nos hallamos ligados indisolublemente a nuestras propias obras.
Aceptar la vida como si estuviera guiada por un determinismo donde todos los acontecimientos están fatalmente preestablecidos es razonar de una manera muy ingenua, si no simplista; porque, si así fuera, el hombre no sería un ser pensante, batallador, capaz de tomar resoluciones y de interferir en el progreso. Sería solamente como un robot. irresponsable, a merced de los acontecimientos.
“La fatalidad existe pues únicamente por la elección que el Espíritu hizo al reencarnar de sufrir esta o aquella prueba”
“El libre albedrío, la libre voluntad del Espíritu se ejerce principalmente a la hora de las reencarnaciones, cuando escoge en el Mundo Espiritual determinada familia, cierto medio social, etc. Sabiendo de antemano cuáles son las pruebas que le aguardan, pero, igualmente comprende lo necesarias que son estas pruebas para desarrollar sus cualidades, limar sus defectos, despojarse de sus prejuicios y vicios. Estas pruebas también pueden ser consecuencia de un pasado funesto, que es preciso reparar, y las acepta con resignación y confianza.”
El futuro se le presenta entonces, no en sus pormenores, sino en sus líneas más destacadas, en la medida en que dicho futuro es la resultante de actos anteriores. Estos actos representan la porción de “fatalidad” o de “predestinación” que ciertos hombres son llevados a observar en todas las vidas.
“En realidad nada es fatal y cualquiera que sea el peso de las responsabilidades en que se haya incurrido, siempre se pueden atenuar, modificar la suerte con obras de abnegación, bondad, caridad, con un prolongado sacrificio al deber”. Recibiendo constantemente las oportunidades de enmendar nuestras deudas del pasado.
Los acontecimientos que pueden observarse a diario, dentro de la importancia que desorganizan el modo de vida, antes tan feliz, o bajo la forma de tragedias que provocan crisis de angustia y desesperación; la enfermedad que llega sin previo aviso, abatiendo el ánimo y el coraje, las decepciones con amigos o las esperanzas frustradas. La pobreza material, retratada en la desnutrición, la orfandad, los asaltos, y tantas cosas que se traducen en aflicciones e infortunios, podrán conducir al hombre que desconoce las verdades espirituales, a la locura o al suicidio.
Por esto, la Doctrina Espírita viene a poner en claro que las “vicisitudes de la vida” son de dos especies. O si se prefiere, provienen de dos fuentes bien distintas que debemos destacar: Unas tienen su origen en la vida presente y otras fuera de esta vida.
Al remontarse al origen de los males terrestres se reconocerá que muchos son consecuencia lógica del carácter y del proceder de quienes lo padecen.
Observando nuestro entorno y nuestra razón, aquella que nos distingue de los animales, nos señala que evidentemente debe existir alguna razón para esta diferencia, para esta realidad.
¡Cuántos hombres caen por su propia culpa! iCuántos son víctimas de su imprevisión, de su orgullo y de su ambición! ¡Cuántos se arruinan por falta de orden, de perseverancia, por proceder mal o por no haber sabido limitar sus deseos, sus ambiciones, por vivir sin control!
¡Cuántas molestias y enfermedades provienen de los excesos de toda clase! iCuántos padres son infelices a causa de sus hijos, por no haber combatido desde el principio sus malas tendencias, habiendo cedido o ignorado sus vidas,permitiéndoles desde muy jóvenes una libertad que no han sido capaces de controlar!
Entonces, ¿a quién habrá de responsabilizar el hombre por todas esas aflicciones, sino a sí mismo? El hombre, pues, en un gran número de casos es el causante de sus propios infortunios.
Sin embargo, sabemos que existen males que ocurren sin que nosotros, los hombres, tengamos una culpa directa. Son dolores que se originan en actos practicados en otras existencias y que debido a los abusos, perjudicaron el periespíritu, como por ejemplo, la pérdida de los seres queridos y la de quienes son el soporte de la familia. También los accidentes que ninguna previsión hubiera podido impedir. Los reveses de la fortuna, que frustran todas las precauciones que son aconsejadas por la prudencia. Los flagelos naturales, las enfermedades de nacimiento, sobre todo las que quitan a tantos infelices los medios de ganarse la vida por el trabajo personal, como las deformidades, la idiotez, el cretinismo, etc. Quienes nacen en estas condiciones, seguramente no han hecho nada en la existencia actual para merecer, sin compensación, tan triste suerte que no podían evitar.
No queda la menor duda de que lo que hoy somos es el producto de las experiencias vividas en el pasado. No hay sufrimiento sin una razón y la “Ley de Causa y Efecto”, o de “Acción y Reacción” rige nuestro destino, porque, si bien somos libres en la siembra, seremos esclavos de la cosecha, condicionándonos la reencarnación.
Dios nos concede por el libre albedrío, la responsabilidad de practicar el bien o el mal. No obstante, a partir del momento en que decidimos que hacer, ésta acción genera una reacción característica que vendrá más tarde, marcando nuestra nueva experiencia de vida. Así se explica, por la pluralidad de existencias y por el destino de la Tierra, como mundo expiatorio, las anomalías que muestran la distribución de la dicha y la desventura entre los buenos y malos, en este planeta.

Juan Miguel Fernández Muñoz

¿Por qué sufrimos?

11 junio, 2015

carta

El eterno y automático devenir del ser humano nos marca la manera de vivir la existencia de cada uno de nosotros, por eso los Espíritus nos dicen que somos los ”arquitectos” de nuestras vidas, la proyección de nuestros actos anteriores y actúales .
Por ejemplo, si nos remontamos en la historia a tiempos pasados, quizá no muy lejanos, basándonos en los grandes maestros que destacaron en la literatura, en la pintura, en el grabado, inclusive en la poesía, vemos que todo aquello que ha sido reflejado podía ser un vehículo para censurar los errores y los vicios humanos.

Es muy cierto que la pregunta que encabeza este articulo se formula de manera muy continuada por todos aquellos que estamos en la escuela de la vida, buscando una contestación que nos pueda aclarar este estado de dolor.

Ahora bien, si nos analizamos íntimamente con honestidad, lo cual es bastante complicado, ya que no vemos nuestras imperfecciones y sí la de los demás, podremos observar que muchos de los sufrimientos han sido generados por nuestro equivocado comportamiento.

Recordemos una vez más que hoy somos el reflejo del ayer y que estamos construyendo el mañana con nuestra manera de actuar y desarrollar esta vida que se nos ha ofrecido por necesidades evolutivas.

Cuando hablamos del tema de la evolución y de la experiencia en la que actualmente estamos, quienes conocemos las Leyes Divinas, en especial la “Ley de Causa y efecto”, comprendemos que a pesar de llevar una vida tranquila sin grandes alteraciones en nuestros comportamientos, deben existir motivos suficientes para que padezcamos alguna situación complicada que procuramos sobrellevar de la mejor manera posible gracias al conocimient0 consolador de la Doctrina Espírita. Pero aquellos otros que no han despertado aún a la vida espiritual, desconociendo estas rigurosas leyes, olvidándose lógicamente de todos sus principios religiosos, sean los que sean, despotrican de manera permanente de su estado y sobre todo, según su criterio, de Ia injusticia que la vida les hace padecer.

Observando nuestro entorno y las vivencias tan dispares, es muy difícil comprender alejados de este saber espírita, la naturaleza del dolor. Pero éste a veces es necesario porque nos hace pensar y despertar acicateados, buscando una respuesta a nuestro vivir.

Ahora bien, sí podemos interferir en esta nueva experiencia, sobre todo sabiendo la oportunidad que tenemos de corregir nuestras equivocaciones, aportando las vivencias positivas que nos faltó anteriormente; perseverancia, trabajo, dedicación, tolerancia, comprensión, responsabilidad y en especial el cuidado de nuestro vehículo orgánico al que posiblemente maltratamos entonces y ahora.

La llamada no es nueva. Siempre que intentamos transmitir el mensaje espírita lo hacemos bajo el prisma del saber, de aquello que hemos recibido. Bien es cierto que muchos lo conocemos y lo construimos a través de la teoría, siempre edificante, pero recordando que la palabra conmueve y el ejemplo a través de Ia actividad práctica arrastra. Por lo que aquella es baldía y sin sentido alguno si no se pone en marcha, y porque sabemos que nuestro vivir nos va a situar en un futuro, más o menos próximo, por vibración, en el plano ajustado a la propia evolución espiritual.

No está demás recordar las palabras del Espíritu de Juana de Angelis, que a través de la psicografía del médium brasileño Divaldo Pereira franco, nos dice que no hemos nacido para sufrir, sino para ser felices, pero que dependerá naturalmente de nosotros la felicidad de nuestras vidas.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Carta A Un Espíritu.

12 julio, 2014

carta

Espíritu querido,

Hoy ha sido para Clara, mi esposa, y para mí, uno de los días más importantes y felices de nuestra vida. Nos han confirmado que esperamos la llegada de un bebé.

Y ese bebé serás tú. ¡Qué alegría!

Ya sabemos que has estado observándonos desde hace tiempo y que por fin has decidido incorporarte a nuestra familia.

Nosotros hemos sentido también tu presencia a nuestro alrededor. Sí, nos queremos y esto de manera muy natural será beneficioso para ti, porque serás el complemento ideal de nuestro amor.

Desconocemos si ya fuiste parte de ella en otras ocasiones. Si perteneces a la familia espiritual; abuelos, padres, familiares, amigos, etc., que partieron para el más allá antes, pero esto carece de importancia si estuvimos juntos o no.

Lo verdaderamente importante es que te recibiremos con mucha ilusión, que te cuidaremos y te entregaremos nuestro cariño, que ya ha empezado a fomentarse, y que procuraremos educarte haciéndote comprender que la vida no es solamente aquello que vemos, puesto que como bien sabes estamos sumergidos en el mundo espiritual.
¿Y por qué te decimos esto último, si tú estás precisamente ahora en ese mundo? Porque cuando nazcas, cuando estés junto a nosotros, si Dios así lo quiere, habrás olvidado todo lo que ahora observas espiritualmente.

Pero no te preocupes porque ocasionalmente también estarás intuido e inspirado para recordar aquellas cosas puntuales que precises para cumplir con tu compromiso.

Recuerda que es una nueva oportunidad que te brinda la Espiritualidad Mayor para que aprendas, te desarrolles, avances y siembres el amor en tu entorno y así la cosecha te será provechosa para tu futuro y el de los demás.

Nosotros te prometemos que estaremos siempre a tu lado amándote, porque a pesar de que los años pasen velozmente, entre padres e hijos no existe el tiempo. El amor no cambia, al revés se fortalece aun más.

Te enseñaremos también aquello que nosotros un día descubrimos, que somos una parte de la creación de Dios, que sentimos en nuestro interior su luz y su energía. Y que esta es una de tantas experiencias que aun nos esperan para conquistar nuestro bienestar espiritual en compañía de aquellos que amamos.

Sabemos que formas parte de esa pléyade de espíritus que están reencarnando desde hace tiempo para crear un mundo mejor y es por ello que deseamos agradecerte desde lo más profundo de nuestro ser el haber sido elegidos y seleccionados para colaborar en este maravilloso viaje que nos espera a todos.

Con gran emoción estamos preparándonos para tu llegada. Mientras tanto recibe nuestro más profundo amor.

Tus futuros padres en la Tierra: Lucio y Clara.

Juan Miguel Fernández Muñoz

¿Coincidencia O Reencarnación?

12 julio, 2014

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En numerosas ocasiones perdemos la perspectiva estudiando las cosas de forma aislada. Sin embargo, cuando un acontecimiento histórico es comparado con otro de similares características, y de pronto se revelan extraordinarias e inauditas coincidencias, la sombra de la duda comienza a planear respecto de cómo se está escribiendo el guión de la historia de la Humanidad.

Por ejemplo el cúmulo de insólitas coincidencias que rodearon los asesinatos de dos de los presidentes más populares de la historia de los Estados Unidos, Abraham Lincoln (1.809-1.865) y John Fitzgerald Kennedy (1.917-1.963), es sencillamente asombroso. ¿Qué misterio indescifrable encierra este anormal paralelismo de hechos y acontecimientos? No lo sabemos, pero hay algo muy claro, como decía Albert Einstein “Dios no juega a los dados con el mundo”, porque lo que a continuación pasamos a detallar no puede tratarse, de ninguna manera, de simples coincidencias. Juzgue usted mismo.

1. Abraham Lincoln fue elegido por vez primera para el Congreso en 1.846, y John F. Kennedy exactamente cien años después.

2. Lincoln fue designado como 16º presidente de los Estados Unidos el 6 de noviembre de 1.860. Kennedy fue el 35º presidente el 8 de noviembre de 1.960.

3. John Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln, nació en 1.839, mientras que Lee Harvey Oswald, asesino material del presidente John Fitzgerald Kennedy, nació en 1.939. Ambos personajes eran nativo del Sur.

4. El mismo día de 1.865 en que fue asesinado Lincoln, éste comentó con uno de sus íntimos William H. Crook: “Creo que hay hombres que quieren matarme… Y no hay duda de que lo harán… Si han de hacerlo será imposible evitarlo”. Y horas antes en 1.963 de la trágica muerte, Kennedy comentó con su esposa Jacqueline y con uno de sus consejeros personales Ken O´Donell: “ Si alguien estuviera resuelto a matar al presidente de los Estados Unidos no le sería difícil. Todo lo que tiene que hacer es subir un día a un edificio alto con un rifle telescópico; nadie podrá evitarlo”.

5. Ambos asesinatos ocurrieron en viernes.

6. Las muertes de ambos mandatarios fueron presenciadas por sus esposas.

7. Los dos murieron de un balazo en la cabeza que les dispararon por la espalda.

8. Booth cometió un magnicidio en un teatro y se refugió en un almacén. Mientras que Oswald disparó contra Kennedy desde la ventana de un almacén y se ocultó en un teatro.

9. El secretario de Lincoln (apellidado Kennedy), aconsejó a éste con reiteración, que no acudiera al teatro Ford, mientras que el secretario de Kennedy (apellidado Lincoln) desaconsejó a éste el viaje a Dallas.

10. Lincoln fue asesinado en el teatro Ford. Kennedy lo fue en un automóvil de la Ford Motor Company: modelo Lincoln.

11. Los sucesores de ambos presidentes se apellidaban Johnson.

12. Ambos políticos representaban a los “demócratas del Sur”.

13. En ambos casos, los sucesores también habían sido miembros del Senado.

14. El sucesor de Lincoln (Andrew Johnson) nació en 1.808 y el de Kennedy (Lindon Johnson) en 1.908. Ambos sureños.

15. Tras su detención, ambos asesinos fueron muertos en extrañas circunstancias sin haber podido ser juzgados.

16. Se sospecha, con bastante fundamento, que tanto Booth como Oswald tuvieron cómplices, cuyos nombres nunca salieron a la luz, ya que en ambos casos surgieron “espontáneos vengadores” que les mataron antes de ser juzgados.

17. Los apellidos Lincoln y Kennedy constan de siete letras.

18. Los nombres de sus respectivos sucesores (Andrew Johnson y Lindon Johnson) constan, respectivamente, de trece letras.

19. Los nombres de los criminales (John Wilkes Booth y Lee Harvey Oswald) poseen cada uno quince letras.

20. Tanto Lincoln como Kennedy eran fervientes defensores de los derechos civiles.

21. Las esposas de ambos presidentes perdieron un hijo mientras residían en la Casa Blanca.

22. El hijo de Lincoln y el hermano de Kennedy se llamaban respectivamente Robert.

23. Tras la muerte de Lincoln, su hijo quemó una serie de cartas y documentos de su padre, justificando esta acción con las siguientes palabras: “…no conduce a nada su publicación… Concierne a un hombre que desempeñó cierto papel en la muerte de mi padre… un miembro de la Administración…” Tras la muerte de Kennedy, su hermano Robert (muerto más tarde en extrañas circunstancias), procedió de forma similar.

¿Cómo es posible que se repitan, justo cien años después, ya no sólo hechos idénticos, sino incluso fechas y nombres de los protagonistas?
Los asesinatos de Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy están plagados de asombrosas coincidencias y similitudes que no pueden explicarse de modo alguno.

Juan Miguel Fernández Muñoz

La Piedra Milagrosa

9 junio, 2014

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Hace ya algunos años nos contaron la historia de una etapa de la vida de dos hermanos canarios de Santa Cruz de Tenerife.

Ambos, Agustín y Pablo eran propietarios individualmente de sendos comercios dedicados a la venta de telas, sabanas, toallas, encajes, bordados, manteles, etc., separados entre sí por algunas manzanas de casas de esta ciudad.

Cierto día que coincidieron en una celebración familiar, los hermanos se sinceraron y mientras el menor Pablo le argumentaba a su hermano la difícil situación económica por la que atravesaba, debido a la poca actividad de su negocio,
Agustín le transmitía que el suyo funcionaba de acuerdo con los tiempos. No eran momentos para “tirar cohetes”, la verdad, pero se cubrían los gastos generales y además todos los meses se finalizaba ganando algún dinero.

“¿Y tú como lo consigues?” Preguntó Pablo.

Agustín respondió:

“Yo tengo un amuleto. Una piedra que me ayuda en mi trabajo”.

El hermano quedó muy sorprendido y solicitó:

“¿Y tú me puedes proporcionar una piedra de esas que hablas?”.

“Naturalmente, como no”. Contestó Agustín.

Quedaron en hablar más adelante.

Pasados unos días, Agustín llamó telefónicamente a su hermano menor para citarse con él y entregarle la piedra que le había solicitado.

“Pablo te entrego la piedra que me pediste, pero ésta tiene unas características especiales. Verás, debes colocarla en la tienda cerca de la caja registradora, y cada diez o quince minutos debes acariciarla. Ya sé que es una obligación molesta pero solamente funciona de esta manera. ¡Lógicamente algún inconveniente debía tener!”

Transcurrió el tiempo y en otro nuevo encuentro familiar, Pablo corrió hacia su hermano abrazándole mientras le agradecía el gran favor dispensado, porque gracias a la milagrosa piedra que le había facilitado, el negocio estaba transformado y ahora era hasta próspero.

Agustín escuchó sus comentarios, le miró con amor y le dijo:

“Querido Pablo, debo explicarte; antes te ausentabas frecuentemente del negocio visitando el bar y a los amigos varias veces al día, mientras tus empleados no prestaban atención al trabajo y dedicaban su tiempo a charlar entre ellos, sin atender debidamente a los clientes que entraban a comprar y cuando había que bajar de la estantería alguna tela que se encontraba un poco alta, ésta se había agotado, sin contar las frecuentes distracciones de la caja. Ahora como tú has de acariciar muy seguidamente la piedra, estás presente prácticamente casi todo el día. Ya no te ausentas de la tienda y tus empleados tienen que estar atentos a los clientes puesto que tú estás presente y naturalmente al estar cercano a la caja, ya no se distrae ningún euro de ella. Los amuletos y las magias carecen de importancia, solamente a través de nuestro esfuerzo y trabajo encontramos la compensación de nuestro buen hacer”.

El hermano que había escuchado la explicación, agachó la cabeza mientras Agustín advertía con tristeza como las lágrimas se escapaban lentamente de sus ojos, como tributo a sus errores.

El código moral de “El Evangelio de Jesús” dice:

“A cada uno le será dado según sus obras”.

Todos nos hallamos ligados indisolublemente a nuestras propias obras y debemos aprender de nuestras experiencias.

El presente y futuro se encuentran condicionados por nuestras acciones.

Los Espíritus nos transmiten que “nuestros actos tejen alas de liberación o cadenas de cautiverio, para nuestra victoria o nuestra derrota.

No achaquemos la situación que vivimos a “la suerte” ni tampoco al repetitivo “karma” como a veces acostumbramos a implicar. Los que hemos tenido la necesidad o el “merecimiento” de despertar.

Aquellos que por las causas que desconocemos ahora somos conocedores de la parte teórica que los Espíritus nos ofrecen, no debemos demorar más la puesta en marcha de la práctica.

Sabemos que el espíritu es perezoso por naturaleza y mucho más aquellos que estamos encarnados en este maravilloso planeta llamado Tierra, pero de nada nos servirá tener buenas intuiciones, estar trabajando y colaborando con los buenos espíritus, si no arrancamos de una vez para alcanzar este peldaño que solo nosotros podemos generar.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Recolectaremos La Siembra

9 junio, 2014

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Hace algunos años, un buen amigo espírita, nos contaba una historia que deseamos relatar por su significado espiritual.

Para situarnos en la escena que vamos a narrar debemos imaginarnos el interior de un local donde las personas se amontonan a lo largo de una barra de un bar o cafetería para disfrutar de unos minutos de esparcimiento, bien tomando un café, refresco o cualquier otra bebida.

Apartada, en un rincón del establecimiento, se observa una de esas máquinas de juego que nos llama la atención destacándose el movimiento continuo de las luces en su panel frontal, así como la música que suena pegadiza.

Pasan unos minutos y vemos como una de las personas se acerca a la citada máquina “tragaperras”. Algunos de los presentes observan al “jugador” con incredulidad, ya que este se va arrancando los botones de su camisa y uno a uno los introduce a través de la ranura de monedas sin que su funcionamiento curiosamente se atasque.

Los asistentes a esta escena han ido mirándose con suma extrañeza sin comprenderla, y es en ese momento en el que suena estrepitosamente la música que indica “PREMIO”.

El jugador sonríe a todos aquellos que le rodean con incredulidad y coloca sus manos en el lugar donde se recogen las monedas del premio concedido, contemplando que a sus manos regresan los nueve botones que precisamente él había introducido con anterioridad en la máquina a través de la ranura del ingreso de monedas.

Cuantas veces a lo largo de nuestra vida hemos vivido situaciones que nos han marcado decepcionándonos, por sufrir las actuaciones, a nuestro juicio injustas, de familiares, amigos, compañeros, etc.

Pero pasa el tiempo y contemplamos como los propios acontecimientos de la vida demuestra, es verdad, que “coloca” a cada uno de nosotros en su lugar, destacándose la “acción-reacción” que tantas veces hemos esgrimido, es decir que algunos reciben la medicina que antes practicaron, ya que cuando actuamos indebidamente, no tenemos presente olvidando lo que San Lucas, 6:43 a 45 nos comenta en el Evangelio según el Espiritismo en el Capítulo XXI: “Se conoce el árbol por su fruto” : “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”

Aquellos que conocemos a través del estudio de la Doctrina Espírita las “Leyes Divinas”, debemos, después de agradecer a Dios esta oportunidad que estamos disfrutando, a pesar de nuestras propias dificultades, considerar detenidamente las acciones antes de actuar, puesto que aquello que sembremos será lo que recojamos en un futuro y a veces en el presente.

Recordando que si no es ahora lo será en otras existencias posteriores, puesto que la Ley de Causa-Efecto llegará a nosotros de manera natural.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Un Día En La Vida De Allan Kardec

9 junio, 2014

literatura espírita

París, a pesar de ser “La Ciudad De La Luz” es triste en invierno. Aquella tarde también lo era. La nieve caía lentamente, pero Kardec sentado en su despacho, no observaba lo que ocurría al otro lado de los ventanales. Estaba preocupado, encerrado en sus pensamientos, un dolor, un sufrimiento marcaba su rostro austero.

Eran días difíciles. El dinero no alcanzaba para las publicaciones, al tiempo que llovían las cartas de elogios y quejas protestando por la publicación de “El libro de los Espíritus”, que había tenido un eco en el mundo intelectual.

En pugna, tenía dos fuerzas enfrentadas a él. “El materialismo” que no aceptaba que la Doctrina Espírita impulsara al hombre en la dirección de Dios y las “clericales”.

Con el corazón oprimido recordó como los Espíritus le habían despertado. Cómo se había iniciado todo “aquello”.

Recordó como su amigo el Sr. Fortier, magnetizador como él, con el que mantenía una gran amistad desde hacía 25 años, le había hablado por primera vez de las mesas giratorias. De las mesas danzantes. Era el año 1.855.

Y cómo en casa de la Sra. Plainemaison, sensitiva, a la que acudieron para presenciar el fenómeno, su amigo el Sr. Fortier le decía ¡Pregunte! ¡Pregunte! Y el preguntaba “mentalmente” y la mesa contestaba con golpes a sus preguntas.

Después de varias visitas comprendió Hipólito León Denizart Rivail, pues entonces mantenía su verdadero nombre, que era un fenómeno diferente y que fuerzas inteligentes se encontraban detrás de todo aquello.

Y estando absorto con sus pensamientos, la puerta se abrió y entró en el despacho su esposa “Amelia Gabriela Boudet”.

“Hipólito, acaban de traer este paquete para ti…”

Lo recogió, era un paquete humedecido, cortó las cuerdas que lo rodeaban y lo abrió.

Era un libro de color verde, en cuero de Rusia, con sus hojas raídas y amarillentas por el uso. Unas letras impresas en oro decía “El libro de los Espíritus”. Y más abajo Allan Kardec.

Observó sus hojas desgastadas y entre ellas encontró una carta. Desplegó el papel y leyó:

“Señor Kardec, permítame saludarle con mucha gratitud, este libro salvó mi vida.

Yo soy Joseph Perrier y hace muchos años que trabajo de encuadernador en París, siendo muy aceptado.
Le tengo que hacer un poco de historia, pero permítame que le ofrezca este libro para que usted lo tenga de recuerdo, porque a este libro le debo la vida”.

Kardec respiró profundamente y siguió leyendo la carta que decía…

“Yo vivía feliz. Tenía un hogar. Me había casado hacía pocos años y mi esposa llenaba todas las ilusiones de mi vida. Todo me sonreía. Profesionalmente estaba trabajando bien… Pero un día una enfermedad nefasta, cruel, marcó nuestra existencia y fue consumiendo la de ella, hasta que murió.

Fue todo tan rápido Sr. Allan Kardec que no conseguía comprender porque pasaba esto. Materialista, ateo, no aceptaba que hubiese un Dios capaz de llevarse de mi lado a alguien tan amoroso, tan gentil, que había alegrado mi vida. Y ya mi vida no tenía sentido.

Después de que ya la había sepultado, solamente una idea rondaba mi cabeza. Era la del suicidio. Para que seguir viviendo. Qué razón había para que me mantuviera con vida, mientras ella estaba al “otro lado”, según decían las religiones de la vida. Pero yo no tenía ninguna prueba, no tenía ninguna evidencia. Ella no estaba más a mi lado, no afectaba mis sentidos, y mis sentimientos estaban destrozados por la ausencia de ese ser tan amado, tan querido.

Una noche paseando por el Sena, no hace mucho tiempo señor Kardec, esa idea constante del suicidio continuaba rondando mi mente. Avancé por el “Puente Nuevo”, la niebla parecía cubrirlo todo. Apenas se veían las farolas iluminadas y dije: “Este es el momento”.

Miré las aguas turbulentas del Sena en las que algunos pedazos de hielo ya empezaban a marcha y dije “Sí ¡Ah querida mía, si realmente me esperas estaré allí del otro lado muy pronto! Y cuando fui a parapetarme en el borde del puente “algo” cayó a mi lado que me llamó la atención, me distrajo y miré. Me agaché y lo recogí. Era un libro. Con él en la mano busqué una de las farolas para ver de qué se trataba. Era un libro humedecido por el rocío que había caído en la noche y que decía: El libro de los Espíritus”. Abajo alguien había escrito “Este libro salvó mi vida”.

No sabía qué actitud tomar… El instante en que quería matarme había pasado y la curiosidad por saber de qué se trataba ese libro que decía “…que había salvado la vida a alguien” alguna cosa tendría.

Emprendí el regreso a mi hogar y pasé el resto de la noche leyendo este libro.

¡Ah señor Kardec, yo quiero agradecerle a usted que me salvó la vida!

Ahora sé que este libro es maravilloso y doy gracias a usted que fue quien lo escribió y quien escuchó las voces de los Espíritus para darme una orientación.

Recíbalo entonces con mi profunda gratitud porque nunca habré de olvidarme que gracias a usted no me he matado. Y escribió también en el libro “A mí también me salvó la vida”.

Allan Kardec sintió que le corrían las lágrimas por las mejillas y pensó “que poca importancia tenía la incomprensión de los demás o la intolerancia cuando en realidad alguien venía a agradecerle el haberle salvador la vida”. Y lloró.

Ese fue un hecho “importantísimo” en la vida del notable Maestro codificador del Espiritismo, porque de esa manera, en la hora crucial en que el sentía el desamor de la gente, llegaba una prueba de gratitud que todos de alguna forma necesitamos en un momento de nuestra vida. No porque hagamos el bien o ayudemos a alguien esperando la recompensa, sino también porque se necesita una palabra de estímulo.

Juan Miguel Fernández Muñoz.
Asociación de Estudios Espíritas de Madrid

¿Por Qué No Escuchamos?

10 enero, 2012

escuchar[1]

Hace unas semanas recibí en mi teléfono móvil una llamada, la de una persona que me habían presentado hacía unas semanas en el último encuentro con Divaldo Pereira Franco, celebrado en Madrid.

Tras saludarnos mutuamente el señor me comento:…“Como yo se que usted se dedica a estas actividades, quisiera ponerme en contacto con mi abuela”.

Tras escuchar el deseo de mi interlocutor llegó por nuestra parte la explicación tantas veces repetida, de que los espíritus no se encuentran a nuestra disposición, que desconocemos su actual situación y que la espiritualidad les puede conceder permiso o no para manifestarse, etc. Comentándole al mismo tiempo que él se había puesto en contacto conmigo porque había “marcado” mi número de teléfono y yo había podido recibir su llamada. Somos eso, “un teléfono” en reposo pendiente de que alguien nos llame cuando lo consideren oportuno y necesario.

Al terminar de exponer doctrinariamente los inconvenientes, volví a escuchar a dicho señor, que había permanecido en silencio durante todo este tiempo con otra pregunta, “¿usted me puede indicar una persona que me ponga en comunicación con mi abuela?”.

Ya difícilmente nos sorprendemos por esta serie de situaciones que se nos crea, pero sí nos llama poderosamente la atención que no se preste interés cuando procuramos explicar desde el punto de vista natural las relaciones que existen entre el mundo físico y el espiritual.

Ya sabemos que cada uno tenemos una idea determinada sobre ciertas cosas, es verdad, pero en un tema tan delicado como es la comunicación de los espíritus con nosotros los hombres hay quien se deja llevar más por su deseo y sus sentimientos, que por lo que debe considerar como “algo” fundamental: el razonamiento.

Por ello siempre procuramos orientar a las personas que nos consultan, sobre la necesidad del estudio de la Doctrina Espírita, para que comprendan de una manera sencilla que “aquellas cosas” que podemos ver en la televisión, escuchar en ciertas emisoras de radio o leer en la prensa escrita, se escapa de la realidad. Es todo mucho más complejo, como para darle validez a esta propaganda vacía pero llena de insensateces.

Juan Miguel Fernández Muñoz