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La Apatía.

8 noviembre, 2016

La Apatía

Si una actitud violenta, precipitada, puede llevarnos a desastres de consecuencias lamentables, la apatía es siempre una causa de trastorno y atraso en la máquina del progreso evolutivo.

La apatía, nos dice el Espíritu de Juana de Angelis, en todo momento tiene su origen en el programa cármico del espíritu que se encuentra en prueba. Es la consecuencia de graves aflicciones y errores del pasado que no fueron corregidos por el Espíritu y que emergen de lo íntimo del alma, como una expresión deprimente, entorpecedora.

El apático es aquel que pierde la batalla antes de enfrentarse a ella… Se encuentra en un proceso de evolución con el objetivo de vencer aquellas imposiciones dolorosas que le corresponden, debiendo dedicar grandes esfuerzos para superarlas.

Es en los estados apáticos donde se inician los procesos de auto-obsesión, así como de la obediencia obsesiva a Espíritus inconsecuentes, que se complacen en utilizar psíquica, emocional y orgánicamente a los que se convierten en sus víctimas espontáneamente.

En el estado débil en que se encuentra y en el cual deja paralizar sus fuerzas, aprisionado por las redes de la indolencia, debe luchar para romper todos los vínculos y reorganizarse, iniciando así el esfuerzo preciso, al principio mentalmente, para más tarde regresar en acciones a la problemática que debe someterse penetrando en el compromiso rehabilitador.

En la lucha competitiva de la vida terrestre, no hay lugar para el apático. Debe reaccionar vigorosamente contra la desidia, el desinterés.

Aquél que padece la opresión de la apatía, se adapta fácilmente a la situación creada, a pesar de ser lamentable, constituyendo para él una forma de bienestar que lo lleva a la pereza y al desequilibrio.

El hombre transita por los caminos que elige y en los cuales se siente a gusto.

Pero la vida es acción. La acción es movimiento. Y el movimiento debe ser emprendido para el bien y el progreso, de cuyo esfuerzo resultan las conquistas que nos impulsan hacía la felicidad.

Debe eliminar de su vocabulario las frases pesimistas habituales, renovándolas por otras equivalentes que sean ideales.

No diga: “no puedo”, “no soporto”, “desisto”. Haga un cambio en su paisaje mental, sustituyendo estas frases por otras: “cuando quiero, todo lo puedo”, “soporto todo cuanto es para mi bien”, y “proseguiré al precio del sacrificio, si es necesario, para alcanzar la victoria que persigo”.

Orar y vencer al adversario sutil que busca alojamiento, valiéndose de justificaciones falsas, es nuestro deber.

La ley del trabajo es un impositivo digno de las leyes naturales que promueven el progreso y fomentan la vida.

“Ayúdate y el cielo te ayudará” nos informa el Evangelio, invitándonos a la lucha contra la apatía y sus secuaces, que se identifican como desencanto, depresión, cansancio y falta de ilusión por el vivir.

                                                                                      Juan Miguel Fernández Muñoz

¿Influyen los Espíritus en nuestra vida?

8 noviembre, 2016

Influyen los Espíritus en nuestra vida

Hace tan sólo unos días, en el transcurso de uno de los coloquios que acostumbramos a realizar, después del tiempo dedicado a una de las conferencias que impartimos por algunas provincias de nuestra querida España, y tras contestar a varias preguntas que nos fueran formuladas, una de las personas presentes, frecuentador no habitual del Centro Espírita donde nos encontrábamos, nos dijo:

– Me llama mucho la atención la manera que tiene usted de hablar de los Espíritus y del Mundo Espiritual. Usted da por seguro que esto sea real.

La contestación por nuestra parte fue sincera:

– Discúlpenos si utilizamos este lenguaje a la hora de expresarnos, pero la idea de la existencia del Mundo de los Espíritus está en nosotros tan asumida que automáticamente la manifestamos con la misma naturalidad que podríamos hablar del día y la noche.

A partir de aquí el dialogo se prolongó y este hermano adoptó la idea de estudiar la Doctrina Espírita con el fin de adquirir el suficiente conocimiento acerca de “aquello” que para él no tenía tanta seguridad.

Si estuviésemos más atentos al entorno que nos rodea, apreciaríamos la presencia de los Espíritus en nuestra vida. Ellos permanecen a nuestro lado e influyen en las decisiones que adoptamos, aunque lógicamente nuestro libre albedrío las determina.

La pregunta del Libro de los Espíritus 525 dice:

– ¿Ejercen los Espíritus alguna influencia en los acontecimientos de la vida?

Y los Espíritus contestan:

– Ciertamente, puesto que te aconsejan.

– ¿Ejercen esta influencia de otro modo que por los pensamientos que sugieren, es decir, tienen una acción directa en la realización de las cosas?

– Sí; pero nunca se apartan de las leyes de la naturaleza.

Y Allan Kardec, el codificador de la Doctrina Espírita, añade:

“Nosotros nos figuramos equivocadamente que la acción de los Espíritus no debe manifestarse más que por fenómenos extraordinarios; quisiéramos que nos ayudasen por medio de milagros, y siempre nos los representamos provistos de una varita mágica. No hay tal cosa, y he aquí por qué su intervención nos parece oculta y lo que con su concurso se verifica nos parece muy natural. Así, por ejemplo, provocarán el encuentro de dos personas que creerán encontrarse por casualidad; inspirarán a alguien la idea de pasar por un lugar determinado; llamarán su atención sobre tal cosa, si ha de conducir al resultado que quieren obtener, de modo que, creyendo el hombre seguir su propio impulso, conserva siempre su libre albedrío.”

Prestemos más atención a las sugerencias espirituales, al tiempo que deberemos tener nuestra mente limpia, porque recordemos que sintonizaremos con aquellos Espíritus que se encuentran en la misma franja vibratoria que nosotros.

Los Espíritus protectores nos ayudan con sus consejos por medio de la voz de la conciencia que hacen hablar dentro de nosotros; pero como no siempre les damos la necesaria importancia, nos los dan más directos, valiéndose de las personas que nos rodean. Examinemos cada cual las diversas circunstancias felices o infelices de nuestra vida, y veremos cómo en muchas ocasiones hemos recibido consejos que no siempre hemos puesto en práctica y que, de haberlos escuchado, nos hubieran evitado muchos disgustos.

                                                                                                     Juan Miguel Fernández Muñoz

El temor a la muerte.

8 noviembre, 2016

El temor a la muerte

                                                         “Los muertos no son ausentes, son los invisibles”                                                                                                                            Víctor Hugo.

Dentro de nuestra actividad doctrinaria acostumbramos a impartir conferencias y charlas relacionadas con los temas del espíritu. Cierto día, después de una exposición, una joven, en el tiempo que dedicábamos al coloquio, preguntó: ¿Por qué tengo tanto miedo a la muerte?

– Por el desconocimiento sobre la realidad espiritual – contestamos.

Efectivamente, los pueblos occidentales carecemos en general, por desgracia, del conocimiento suficiente para saber que el alma es inmortal, que la vida continúa después de la muerte física. Si ya desde nuestra más tierna edad nos enseñan a comprender que el Espíritu, o el alma, no muere, nuestra mente estaría despierta a este acontecimiento irreversible. Aunque lo hayamos oído muchas veces es algo en lo que no nos paramos a meditar, a pesar de su gran importancia.

Son pocas las almas que en la existencia corporal se esfuerzan por vivir las enseñanzas del Evangelio de Jesús, creyendo que los esfuerzos y sacrificios, así como las vicisitudes soportadas durante su vida en la Tierra, le han de garantizar la liberación del Espíritu cuando pasen al otro lado.

Hay dos factores muy importantes que no solo perturban a los encarnados en la última hora, creándoles serias dificultades, y que les retienen más tiempo del debido junto a su cadáver, después de haberles considerado “muertos”. Uno de ellos es el proverbial “miedo” a la muerte. Y el otro factor, proviene de los lamentos familiares que en si desesperación e ignorancia terminan por imantar al “fallecido” a su lecho de dolor, dificultándole la liberación rápida del espíritu.

No basta que el ser humano haya sido educado brillantemente o que posea una cultura adelantada, acumulada a través de los muchos años de estudio, ya que generalmente valoran las cosas del mundo material y confunden el verdadero sentido de la vida del espíritu inmortal con los efectos transitorios de la existencia física. Cuando se enfrentan con el terrible momento de la “muerte”, en donde la vida corporal se escapa sin posibilidad alguna de retención, el miedo domina su cerebro y se apegan desesperadamente a los últimos resquicios de vitalidad, solicitando más tiempo para desatar los lazos de la existencia terrena. Incluso algunos por su tremendo temor a la muerte y mostrando su disconformidad, terminan por encarcelar su espíritu en el cuerpo agonizante. En vez de predisponer la mente hacia la invitación para impedir que su espíritu se libere.

También la aflicción, la desesperación y el rechazo de la familia y amigos que le rodean producen filamentos densos de magnetismo que imantan al espíritu desencarnante a su cuerpo material como si fuesen gruesas cuerdas vivas que sostienen el alma en agonía. Entonces, al estar presos en las mallas esclavizantes de la poderosa red magnética, se ven obligados a presenciar los lamentos, los gritos y desesperaciones que vibran alrededor de él. Y es tan perjudicial es misión afectiva, establecida a través de los lazos magnéticos de sus familiares, que en cuántos casos algunos espíritus, de reconocida elevación espiritual, llegan a combinar para que su desencarnación se produzca durante el sueño o alejados de la familia, con el fin de que los individuos puedan “morir” sosegados. Así, como los desenlaces súbitos, ocurridos fuera del hogar en donde la desesperación de los parientes no les puede afectar el espíritu, que ya está liberado de los lazos que le ataban a la vida física.

Es conveniente reflexionar que, si para los encarnados la muerte de un familiar significa una tragedia insuperable y a su vez un drama doloroso, el mismo acontecimiento para sus parientes ya desencarnados se transforma en un hecho jubiloso, pues en realidad se trata de retorno de un ser querido a su verdadero hogar en el Más Allá.

No hay separación absoluta; lo que realmente existe es que el espíritu devuelve a la tierra su vestimenta carnal, usada e inservible, que le fuera prestada para el rápido aprendizaje a través de algunos años terrenales.

La desencarnación tiene características muy particulares; cada uno recoge aquello que siembra, en el tiempo exacto y previsto de la Ley Divina.

Cierto es que en el momento de desercarnar aparecen junto a nosotros espíritus amigos o de parientes que nos asisten en la hora critica. De eso no tenemos duda. Pero también nos podremos encontrar con dificultades que se anteponen a la mayoría de los desencarnados, principalmente a causa de su comportamiento con otros seres que perjudicaron, cuyas influencias amenazan a los recién llegados de la Tierra.

Podremos tener la protección de la asistencia benefactora que nuestros amigos invisibles nos prestan, pero esa defensa dependerá mucho del caudal de virtudes que posea el espíritu desencarnante y del modo como haya vivido en la materia, porque, es común, que los encarnados obedecen más a los instintos de las pasiones animales que a la razón espiritual; poco a poco se dejan envolver por las sugestiones maléficas de los malhechores de las sombras, que desde el Más Allá les preparan anticipadamente para que sintonicen mejor a sus vibraciones inferiores.

Es por ello que aún, todavía, estamos a tiempo de preparar el camino con nuestras buenas acciones, pues serán lo único que podremos llevarnos cuando esa hora llegue para nosotros. Porque recordemos, la muerte es un fenómeno biológico que transfiere al ser de una realidad hacia otra, sin extinción de la vida.

                                                                               Juan Miguel Fernández Muñoz

Demasiado tarde.

8 noviembre, 2016

Demasiado tarde.

La ciencia interpreta tan solo como real todo aquello que puede comprobarse y mediarse a través de los instrumentos científicos, ignorando la existencia del “Mundo Invisible” en el que nos encontramos inmersos, constatado por los fenómenos mediúmnicos según nos revela el estudio de la Filosofía Espírita.

El mérito de Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, nacido en Fraiberg el 06 de mayo de 1856, de origen judío, recordemos, fue demonstrar que el mundo mental de los hechos inconscientes o más brevemente, el inconsciente era de una riqueza incomparable y estaba gobernado por unas leyes de organización distintas a aquellas que reinan en el campo de lo consciente.

Freud y el psicoanálisis demostraron que esta parte desconocida de nosotros mismos (nuestro inconsciente) es mucho más rica e importante que nuestro consciente; los dominios del sueño – y, en el límite, los de la alucinación y el delirio – se extienden por el lado de allá de la realidad cotidiana.

El Cap. XIII (Emancipación del Alma) de “El Libro de los Espíritus” nos instruye dándonos un mejor conocimiento de la situación de nuestro espíritu durante el descanso del cuerpo físico.

Volvamos a Freud. En 1873 había terminado sus estudios consiguiendo en su examen final “Summa Cum Laude”.

Más tarde, en 1881, se gradúa en la Universidad de Viena, donde posteriormente en 1882, conoce a su futura esposa, Marta Bernays, con la que contrae matrimonio en 1886.

Su vida estuvo dedicada básicamente al psicoanálisis, y su obra tuvo en Gran Bretaña un eco profundo y duradero, surgiendo siempre en los temas de “moda” de las reuniones sociales entre los años 1910 a 1925.

De 1925 a 1930, época, por otra parte, en que los surrealistas franceses utilizan los descubrimientos de Freud, a su manera, para justificar su teoría de la escritura automática, explicada y desarrollada en el Cap. XIII (Psicografía) de “El Libro de los Médiumns”, se impone su investigación sobre el inconsciente de tal manera, que llega inclusive a influir en la literatura alemana e inglesa.

Nos dice Freud en sus ensayos, que el psiquismo humano descansa sobre un inmenso campo inconsciente dinámico efectivo, y que la reacción consciente es siempre un compromiso entre ese inconsciente y las instancias del super-yo.

Sin embargo, debemos matizar según se desprende del profundo estudio de la Doctrina Espiritista aporta, que todas aquellas conductas son debidas a la actuación inteligente del espíritu. En 1924 Freud había dirigido una carta a Ernest Jones, figura central del movimiento psicoanalítico en Inglaterra, en la que decía: “Estoy dispuesto a abandonar mi posición a la idea de la existencia de transmisión del pensamiento”. Pocos años antes, Freud, invitado a adherirse al Instituto Americano para la Investigación Psíquica, había respondido: “De haberme hallado en los inicios de mi carrera profesional y no proster etapa, cual es ahora el caso, probablemente me habría inclinado hacía la Parapsicología como área de estudio pese a lo problemático de su naturaleza”.

Preguntado en 1936 acerca de los fenómenos paranormales Sigmun Freud afirmó “La transmisión del pensamiento, la posibilidad de percibir el pasado o el futuro, no pueden deberse a una casualidad”. A renglón seguido e insinuándosele una sonrisa en los labios, agregó: “Hay quienes creen que me he convertido en un anciano chocho y crédulo. No creo que éste sea el caso. Lo que sucede es que a lo largo de la vida he aprendido a aceptar hechos nuevos humildemente, con espontaneidad”.

La Parapsicología comprueba científicamente los fenómenos paranormales terminando ahí su investigación, dejándonos en la incógnita, del origen y procedencia de ellos.

El Espiritismo expone de una forma sencilla y razonada, sin dogmatismos, el proceder del ser; despejando así las incógnitas que durante tanto tiempo estuvieron en el silencio de lo desconocido.

Los Espíritus ya dijeron que Freud debió abrir la puerta del subconsciente para penetrar en el Mundo Espiritual. Freud no supo cumplir su misión, porque empezó a admitir esta posibilidad demasiado tarde.

Murió en Londres el 23 de septiembre de 1939.

                                                                                              Juan Miguel Fernández Muñoz

 

Invitación a la oración.

8 noviembre, 2016

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“Señor, enséñanos a orar…” (Lucas: I-II)

Los últimos adelantos científicos comprueban de una manera clara y patente el poder del pensamiento.

Los rayos N nos manifiestan, con una irradiación, que ésta es más potente cuando la voluntad se ejerce; de otra parte, se ha comprobado científicamente que el cuerpo humano está más saturado de oxígeno, cuando su espíritu rebosa satisfacciones morales. Mientras que cuando le influyen malos pensamientos, estos hacen que el cuerpo se sature de carbono, ocasionándole malestar indecible.

Todo aquel que haya orado de verdad conoce el consuelo y el bienestar que de ella se adquiere.

Sabemos que el objeto de la oración, su evocación, es elevar nuestra alma a Dios; la diversidad de las formulas no debe establecer ninguna diferencia, porque Dios las acepta todas cuando son sinceras.

Toda oración elevada es manantial de magnetismo creador y vivificante. Y toda criatura que la cultiva, con el debido equilibrio del sentimiento, se transforma, gradualmente, en foco irradiante de energías de la Divinidad.

Cuándo Jesús nos dijo: “(…) todo lo que pidiereis con fe, en oración, vosotros lo recibiréis” (…) (Mateo, 21-22) nos reveló que el acto de orar es algo mucho más profundo de lo que se puede observar a primera vista.

El conocimiento de la Doctrina Espírita, a través de su estudio, nos hace comprender también, que además de la importancia del cultivo de la oración, debemos aprender a orar y a entender las respuestas de lo Alto a nuestras súplicas.

El Espiritismo reconoce como buenas las oraciones de todos los cultos, cuando se dicen con el corazón y no de labios solamente. Es cuando se transforma en vibración, energía, poder.

Creer que Dios solo escucha una fórmula (religión), es atribuirle la pequeñez y las pasiones de la humanidad.

Dios es demasiado grande, para rechazar la voz que le implora o que canta sus alabanzas.

Recordemos que la condición esencial de la oración, según San Pablo, es que sea inteligible, a fin de que pueda hablar a nuestro Espíritu. Hay que realizar las oraciones con destino al corazón. No se desean palabras en lengua extraña, o con superabundancia de expresiones que no dicen nada. Debe ser clara, sencilla, concisa, sin frases inútiles, ni lujos pomposos. Cada palabra debe tener su propósito, debe hacer reflexionar. Así la oración alcanzará su finalidad.

Porque, cuando el hombre ora, su mente actúa sobre el fluido cósmico universal, estableciendo una corriente fluídica que transmite el pensamiento a quien nos dirigimos, asimilando fuerzas regenerativas en favor de sí mismo, o de la persona por quien lo hacemos.

Todos nosotros podemos encaminar hacia Dios, en cualquier parte y en cualquier tiempo las más variadas oraciones, necesitando, asimismo, cultivar la paciencia y la humildad, para esperar y comprender sus respuestas.

                                                                                            Juan Miguel Fernández Muñoz

¡Comencemos…ya!

12 agosto, 2015

Es frecuente que entre los espiritistas comentemos el problema de comunicación que existe cuando nos relacionamos con otras personas a las que nos unimos, con la intención de transmitirles el conocimiento de la doctrina espirita.
El rechazo que sufrimos, o la falta de interés es latente y a veces no comprendemos el porque no somos escuchados con atención. Aún que en alguna que otra oportunidad lleguemos a conseguir el propósito.
Analizando detenidamente este marcado inconveniente, quizás podamos llegar a descifrar este enigma, al que en repetidas ocasiones nos enfrentamos y que en ocasiones llega a atenazarnos la mente.
Interpretando la oración por pasiva, es decir, situándonos en el mismo lugar que nuestros interlocutores, podríamos apreciar que tal vez cuando nos dirigimos a ellos, no damos a nuestras palabras la sensación de fiabilidad que estas necesitan a través del ejemplo, pues al ser observados pueden pensar “¿Como esta persona puede hablarme de amor, caridad, comprensión y tolerancia, si él en su comportamiento carece de todo ello?”.
Es por ello, que sugerimos hacer una autocrítica, ahora que todavía estamos a tiempo, para verificar si no somos parte interesada de esta situación de la que nos quejamos, y así tendríamos una clara demostración del accioma “causa-efecto”.
Estamos convencidos que los seminarios, coloquios, cursos, conferencias y sesiones del trabajo a las que hemos asistido a lo largo de los años, respaldadas todas por los libros leídos y estudiados nos han esclarecido, dándonos un saber muy amplio de todo aquello que el Mundo Mayor continuamente nos recomienda para nuestro mejoramiento espiritual.
Efectivamente, una inmensa mayoría de los que frecuentamos una casa espirita y “conocemos” El Espiritismo, dominamos perfectamente la teoría pero vamos demorando la aplicación de la practica, esa asignatura pendiente, al igual que los que tienen la intención de someterse a una dieta de adelgazamiento y siempre sistemáticamente la aplazan “para el próximo mes…”; mes que nunca llega. Eso si, la intención es francamente buena. Al sentirnos fascinados deseamos adaptar la teoría adquirida, que a todos nos parece maravillosa y necesaria para nuestra evolución, pero es tan duro y sacrificado dejar las costumbres cotidianas para mejorarnos íntimamente que nuestro propio egoísmo nos exige aplazarlo también “para el próximo mes, o para la próxima encarnación”.
Por eso nos preguntamos ¿Con que base nos quejamos? Si los que tenemos la oportunidad de enriquecernos espiritualmente, no nos decidimos a transformar nuestras vidas para mejorarnos interiormente y nos perjudicamos al retrasarnos a la incorporación practica de la Doctrina. Aún que sepamos que en el momento en que nos decidamos tendremos el camino abierto y nuestro correcto comportamiento, al ser examinados por los demás, nos abrirán muchas puertas. Los Hermanos Espirituales, si somos merecedores, nos señalaran el sendero y nos acompañaran por el trayecto ayudándonos en los momentos difíciles, apartando con nosotros, las piedras que iremos encontrando para que no sean tan pesadas; por el empeño, recordemos, es personal e intransferible.
Que la senda a seguir sea la acertada dependerá exclusivamente de nuestro libre albedrío, pero para ello debemos esforzarnos y trabajar. Trabajar pensando en los demás, como nos han enseñado, ya que repercutirá fundamentalmente en nosotros mismos, al ser los primeros en iluminarnos. La luz que desde dentro irradiará, hará resplandecer el entorno facilitándonos el caminar que debe ser ascendente.
Por lo tanto si deseamos que las demás personas nos escuchen y presten atención, no dejemos hermanos “para el próximo mes” en poner en practica las enseñanzas de la Doctrina de los Espíritus.
¡Comencemos…ya!

Juan Miguel Fernández Muñoz.

Soñar es Vivir

13 julio, 2015

Todos los hombres sueñan aun cuando no se acuerden en el momento de despertar y recobrar la lucidez mental.
Entre las concesiones que la Divinidad otorga al Espíritu encarnado en la Tierra, destaca el sueño reparador fisiológico y los sueños, que constituyen una eficiente acción en las engranajes de la maquinaria física y psíquica. Es la consecuencia natural de la “Ley del trabajo” mediante la cual el Espíritu, como el cuerpo, se nutren de lo indispensable para la preservación de la vida conforme a los patrones de la Naturaleza, que hace de ello una necesidad, ya que cuando alcanza el ” límite de las fuerzas ” le impone un descanso que se vuelve, igualmente, un derecho fundamental.
Gracias a la disminución de la actividad orgánica el sueño se manifiesta como uno de los más útiles reconstituyentes. Simultáneamente faculta a los centros de la consciencia y a los depósitos de la memoria una pausa para que se reorganicen los núcleos que recogen los datos accionadas durante la vigilia. Las piezas de la maquinaria física se reajustan entonces, y se establece un cambio de energías y factores en el mantenimiento del cuerpo físico, por medio de la cual el alma se educa y crece en el cumplimiento de las funciones que debe desempeñar.
Sin embargo, en este estado, como el Espíritu nunca permanece inactivo recobra el control de las potencialidades, se aflojan las lazos que le unen a la envoltura corporal, se desprende y, atraído por las poderosas corrientes que lo enlazan a las vibraciones que cultiva, es llevado en el astral, a los lugares donde se complace en permanecer pudiendo, a veces, no solamente recordar el pasado de acuerdo con su grado de mayor o menor evolución, sino penetrar en los arcanos de su futuro gracias a las percepciones que se le acentúan con intensas claridades, consiguiendo ciertamente que muchas almas puedan introducirse en la información de los acontecimientos importantes reafirmándose posteriormente.
Además, en los desprendimientos naturales y parciales facultados por el sueño, el ser reencarnado se comunica mas fácilmente con los Espíritus recibiendo instrucciones y directrices que lo ayudan en la escala evolutiva, así como reencuentra a los seres que ama o rechaza. Durante el sueño, el Espíritu busca asimismo los afectos o desafectos del camino para ajustar sus propias cuentas.
En ese tiempo domina la vida espiritual, mientras que en la vivencia de la acción corporal se invierten los valores. Normalmente ocurre también que a la visión captada en el estado de desprendimiento del alma se suman las imágenes archivadas en la memoria produciendo, cuando se regresa al cuerpo, una confusión y desorden que no representa lógica alguna. No siempre los sueños se refieren a acontecimientos de la vida física, razón por la cual no se les debe atribuir mayor importancia.
Una metódica disciplina mental puede lograr resultados muy positivos impidiendo que las cosas diarias interfieran en los paisajes penetrados durante el periodo de los sueños. De ahí que los meramente fisiológicos, en los cuales la dominación de ideas y hechos archivados en el inconsciente aparecen más firmemente, llegan a la conciencia en estados alucinatorios alcanzando y perturbando el Espíritu.
Siendo predominante la vida espiritual, por ser preexistente y sobrevivir al cuerpo físico, es al hambre al que le corresponde pensar y actuar como si cada momento de su vida fuese el último instante que mereciese ser aprovechado con sabiduría, a fin de que , en la emancipación del alma por medio del sueño, pueda gozar anticipadamente del estado en que se encontrará cuando se libere definitivamente del envoltorio carnal bajo el impositivo de la mente física.
Juan Miguel Fernandéz Muñoz

La Madurez de los Niños

28 junio, 2015

El entorno que rodea nuestra vida nos facilita en la mayoría de las ocasiones, mediante la observación, la oportunidad de aprender y comprender muchas de las enseñanzas que la Doctrina Espírita nos revela y que siempre han estado ahí.

Contemplábamos hace tan solo unos días una escena muy interesante: Un niño de 5 o 6, se debatía intranquilo, entre el calor y el aburrimiento, en el asiento de un autobús, bombardeando a su madre que lo acompañaba, con preguntas e interrogaciones en alta voz, que la mayoría de las veces sin esperar respuesta alguna, contestaba el mismo, como si en un diálogo íntimo se hallase.

Nos daba la impresión como si la inocencia e inmadurez de la criatura fuese correspondida por la madurez y veteranía de su Espíritu, al cual pertenecía ese pequeño cuerpo en esta vida.

No es la primera vez que dialogando con jóvenes madres acerca de sus hijos en edad temprana, hemos oído ¡ A veces me sorprende con sus preguntas !, ¡ Parece que ha nacido sabiendo !, ¡ No sé donde ha aprendido las cosas que dice !, y así sucesivamente .

Vemos que la inteligencia y la evolución intelectual de los Espíritus que se reencarnan actualmente en nuestro planeta desde hace unos años, refleja muy claramente que la Tierra se encuentra ya en ese periodo de regeneración que El Espiritismo nos anuncia.

El hombre común conoce el vehículo en el que se mueve, ignorando la mayor parte de los procesos vitales de los que se beneficia y utilizando el cuerpo de carne de la misma manera que un inquilino extraño dispone de la casa en que reside.

Para que tuviésemos un recipiente tan primoroso y tan bello, como el cuerpo humano, la Sabiduría Divina, invirtió miles de siglos, utilizando los múltiples recursos de la Naturaleza, en el campo inmensurable de las formas…., Para que lleguemos a poseer el sublime instrumento de la mente en planos más elevados, no podemos olvidar que el Supremo Padre se vale del tiempo infinito para perfeccionar y ensalzar la belleza y la precisión del cuerpo espiritual que nos concederá los valores imprescindibles para nuestra adaptación a la Vida Superior.

Juan Miguel Fernández Muñoz

La Felicidad

28 junio, 2015

La felicidad legítima no es mercadería que se presta.

Es realización íntima. André Luiz (Espíritu).

La felicidad en su concepto espírita no siempre coincide con la idea que de ella tienen generalmente las personas.

Hay sujetos que viven y se preocupan expresamente por ser felices tratando siempre de conseguir el máximo bienestar y caen más tarde en la desdicha provocada por el desánimo.

Existen seres que luchan por destacarse profesionalmente, considerando que ésta sería una manera de sentirse dichosos, pero cuando consiguen lo que anhelaban se confiesan desafortunados al experimentar que son incapaces para desempeñar la tarea que se les encomendó.

A las mesas abundantes acuden aquellos felices que adquieren enfermedades por los excesos gastronómicos a los que se aficionaron, al tiempo que hay desdichados que padecen por la carencia de lo más primordial para la subsistencia, pero sacan provecho de las lecciones que la vida puso en sus caminos y conquistan así los tesoros de los valores perdurables, los únicos que nos podremos llevar al otro lado de la vida física cuando ésta se apague.

Nos encontramos también con los felices de la salud que, abusando de su fortaleza corporal, son sorprendidos por una desencarnación prematura. Así como hallamos a los desdichados por la enfermedad que, por los cuidados que prestan a sus cuerpos, alcanzan a vivir una larga existencia.

En todos los lugares observamos contrastes que nos aleccionan. Circunstancias felices transmiten muchas veces grandes tormentos en el futuro por no haber sabido utilizar con criterio los momentos favorables que nos fueron concedidos.

Aquí y allá surgen, innumerables veces, los felices-desdichados que se arrojan en los despropósitos y los desdichados-felices que se elevan con las dificultades de las pruebas a las que son sometidos.

Apliquemos el entendimiento espírita a los acontecimientos y verificaremos que los felices y los desdichados no están calificados así por el bienestar o la escasez que los rodea exteriormente. Son y serán siempre aquellos que, en cualquier situación, construyen la felicidad o la desdicha de los demás, puesto que las leyes de la vida, según la enseñanza de la Filosofía Espírita, determinan que el hombre sea puesto a prueba por el hombre y señalan, además, que la felicidad o la desdicha provocadas por alguien en los caminos ajenos, ellas vuelven, rigurosamente, hacia quien las ocasionó.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Hay enfermedades porque hay enfermos

20 junio, 2015

La gran cantidad de enfermedades físicas y mentales que el hombre padece nos demuestran muy claramente que es un ser incompleto. Su estructura orgánica perfeccionada en los milenios de la evolución antropológica, aún padece de la fragilidad de los elementos que la constituyen.

Vulnerable a las transformaciones degenerativas, resiste el psiquismo y a través de sus neuronas cerebrales se exterioriza, afirmando así la preexistencia de la conciencia, independiente de las moléculas que constituyen su organización material.

La conciencia, en su realidad, es un factor extrafísico, no producido por el cerebro, puesto que posee los elementos que se consustancian de forma que se le torna necesaria para manifestarse.

Esa energía pensante, preexistente y sobreviviente al cuerpo, evoluciona a través de las experiencias reencarnatorias, que constituyen un proceso de adquisición de conocimientos y sentimientos, hasta lograr la sabiduría. Como consecuencia, se hace heredera de sí misma, utilizando los recursos que almacena e invierte en etapa tras etapa, para logros más avanzados.

Las dolencias orgánicas se instalan como consecuencia de las necesidades cármicas que le son inherentes, convocando al ser a reflexiones y formulas morales que propicien el reequilibrio.

En razón de eso, podemos repetir que solamente ” hay enfermedades porque hay enfermos “, esto es, la dolencia es un efecto de disturbios profundos en el campo de la energía pensante o Espíritu.

Las resistencias o carencias orgánicas resultan de los procesos de la organización molecular de los equipos que se sirve, producidos por la acción de la necesidad pensante.

En las patologías congénitas, el cuerpo psíquico impone los factores cármicos modeladores necesarios a la evolución, bajo impositivos que le impiden, por los límites y las imposiciones difíciles, a la reincidencia del fracaso moral.

Considerando de esta forma, a medida que la Ciencia se equipa y soluciona patologías graves, creando terapias preventivas y proporcionando recursos curativos de gran valor, surgen nuevas enfermedades, que pasan a constituirse en verdaderos desafíos. Ésto se da porque la evolución tecnológica y científica de la sociedad no se presenta en igual correspondencia con el mecanismo de las conquistas morales.

El hombre se adueña de lo exterior y se pierde interiormente. Avanza en la línea horizontal del progreso técnico sin lograr la ética vertical. En el inevitable conflicto que se establece – comodidad y placer, sin armonía interna -, desconecta los centros de equilibrio y se abre favorablemente a agentes agresores nuevos, a los cuales da vida desorganizando los conjuntos celulares.

Asimismo, las tensiones, frustraciones, vicios, ansiedades, fobias, facilitan las desarmonías psíquicas creando problemas orgánicos, que dan cabida a tormentos mentales y emocionales.

Para funcionar todo el equipo en armonía, ajustado a las finalidades para las cuales se destina, exige un perfecto equilibrio de todas las piezas que lo componen.

De la misma forma, la maquinaria orgánica depende de los flujos y reflujos de la energía psíquica y ésta, a su vez de las respuestas de las diversas piezas que acciona. En esa interdependencia, la vibración mental del hombre le facilita conscientemente o no el equilibrio o la desarmonía. Sabiendo canalizar la corriente vibratoria, organiza y somete las piezas físicas a su comando, produciendo efectos de salud, por largo periodo, no indefinidamente, dada la precariedad de los componentes construidos para el uso transitorio.

Las enfermedades contemporáneas, sustituyendo a algunas antiguas y sumándose a otras no conocidas aún, se encuadran en el esquema del comportamiento evolutivo del ser, en su proceso de armonización interior, de edificación.

En su esencia, la energía pensante posee los recursos divinos que debe exteriorizar. Para ello a semejanza de una simiente, sólo cuando sometida a la germinación, facilita la eclosión de sus extraordinarios elementos, hasta entonces adormecidos o muertos.

La mente equilibrada gobernará el cuerpo en armonía y en ese intercambio, surgirá la salud ideal.

Juan Miguel Fernández Muñoz