El temor a la muerte

23 septiembre, 2009 por admin Dejar una respuesta »

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“Los muertos no son los ausentes, son los invisibles”.
(Víctor Hugo)

Dentro de nuestra actividad doctrinaria acostumbramos a compartir conferencias y charlas relacionadas con los temas del espíritu.

Cierto día, después de una exposición, una joven, en el tiempo que dedicábamos al coloquio, preguntó:

-¿Por qué tengo tanto miedo a la muerte?-

– Por el desconocimiento sobre la realidad espiritual.- contestamos.

Efectivamente, los pueblos occidentales carecemos, en general, por desgracia, del conocimiento suficiente para saber que el alma es inmortal, que la vida continúa después de la muerte física. Si ya desde nuestra más tierna edad nos enseñasen a comprender que el espíritu, o el alma, no mueren, nuestra mente estaría despierta a este acontecimiento irreversible. Aunque lo hayamos oído muchas veces es algo en lo que no nos paramos a meditar, a pesar de su gran importancia.

Son pocas las almas que en la existencia corporal se esfuerzan por vivir las enseñanzas del Evangelio de Jesús, creyendo que los esfuerzos y sacrificios, así como las vicisitudes soportadas durante su vida en la Tierra, les han de garantizar la liberación del Espíritu cuando pasen al otro lado.

Hay dos factores muy importantes que no solo perturban a los encarnados en la última hora, creándoles serias dificultades, y que les retiene más tiempo del debido junto a su cadáver, después de haberlos considerado muertos. Uno de ellos es el proverbial “miedo a la muerte”, y el otro factor, proviene de los lamentos familiares que en su desesperación e ignorancia terminan por imantar al “fallecido” a su lecho de dolor, dificultándole la liberación rápida del espíritu.

No basta que el ser humano haya sido educado brillantemente o que posea una cultura adelantada, acumulada a través de los muchos años de estudio, ya que generalmente valoran las cosas del mundo material y confunden el verdadero sentido de la vida del espíritu inmortal con los efectos transitorios de la existencia física.

Cuando se enfrentan con el terrible momento de la “muerte”, en donde la vida corporal se escapa sin posibilidad alguna de retención, el miedo domina su cerebro y se apegan desesperadamente a los últimos resquicios de vitalidad, solicitando más tiempo para desatar los lazos de la existencia terrena. Incluso algunos, por su tremendo temor a la muerte, y mostrando su disconformidad, terminan por encarcelar su espíritu en el cuerpo agonizante.

En vez de predisponer la mente hacia la invitación liberadora del espíritu, prefieren el apego al instinto animal que lucha encarnecidamente para impedir que su espíritu se libere.

También la aflicción, la desesperación y el rechazo de la familia y amigos que le rodean, producen filamentos densos de magnetismo que imantan al espíritu desencarnante a su cuerpo material como si fuesen gruesas cuerdas vivas que sostiene el alma en agonía.

Entonces al estar presos en las mallas esclavizantes de la poderosa red magnética, se ven obligados a presenciar los lamentos, gritos y desesperaciones que vibran alrededor de él. Y es tan perjudicial esa misión afectiva, establecida a través de los lazos magnéticos de sus familiares, que en cuantos casos algunos espíritus, de reconocida elevación espiritual, llegan a combinar para que su desencarnación se produzca durante el sueño o alejados de la familia, con el fin de que los individuos puedan “morir” sosegados. Así, como los desenlaces súbitos ocurridos fueran del hogar en donde la desesperación de los parientes no les pueda afectar el espíritu, que ya está liberado de los lazos que le ataban a la vida física.

Es conveniente reflexionar que si para los encarnados la muerte de un familiar significa una tragedia insuperable y a su vez un drama doloroso, el mismo acontecimiento para sus parientes ya desencarnados se transforma en un hecho jubiloso, pues en realidad se trata del retorno de un ser querido a su verdadero hogar en el Más Allá.

No hay separación absoluta; lo que realmente existe es que el espíritu devuelve a la Tierra su vestimenta carnal, usada e inservible, que le fuera prestada para el rápido aprendizaje a través de algunos años terrenales.

La desencarnación tiene características muy particulares; cada uno recoge aquello que siembra, en el tiempo exacto y previsto de la Ley Divina.

Cierto es que en el momento de desencarnar aparecen junto a nosotros espíritus amigos o parientes que nos asisten en la hora crítica. De eso no tenemos duda. Pero también nos podremos encontrar con dificultades que se anteponen a la mayoría de los desencarnados, principalmente a causa de su comportamiento con otros seres que perjudicaron, cuyas influencias amenazan a los recién llegados de la Tierra.

Podremos tener la protección de la asistencia benefactora que nuestros amigos invisibles no prestan, pero esa defensa dependerá mucho del caudal de virtudes que posea el espíritu desencarnante y del modo en que haya vivido en la materia, porque, es común que los encarnados obedecen más a los instintos de las pasiones animales que a la razón espiritual; poco a poco se dejan envolver por las sugestiones maléficas de los malhechores de las sombras, que desde el Más Allá les preparan anticipadamente para que sintonicen mejor a sus vibraciones inferiores.

Es por ello que aún, todavía, estamos a tiempo de preparar el camino con nuestras buenas acciones, pues será lo único que podremos llevarnos cuando esta hora llegue para nosotros. Porque recordemos, la muerte es un fenómeno biológico que transfiere al ser de una realidad hacia otra, sin extinción de la vida.

Juan Miguel Fernández Muñoz

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