¿Influyen los Espíritus en nuestras vidas?

23 septiembre, 2009 por admin Dejar una respuesta »

espiritual

Allan Kardec, el codificador de la Doctrina Espírita, consultó también y quedó reflejado en la pregunta 459 de “ El Libro de los Espíritus” , esta interesante cuestión. Y los Espíritus que colaboraron en la realización de esta obra contestaron así: “ A este respecto su influencia es mayor de lo que creéis, porque con sobrada frecuencia son ellos los que os dirigen”.

Meditando sobre ello nos asalta una duda. ¿Quiere decirse que nuestro libre albedrío queda anulado?

Recordando que muchos de nuestros pensamientos a veces se enfrentan sobre una misma idea, nos queda ahora la sospecha sobre qué parte puede ser la que corresponda a nosotros y las que son intuidas e inspiradas.

La ley de las atracciones y de las correspondencias rige todas las cosas; las vibraciones, al atraer vibraciones similares, aproximan y unen los corazones, las almas, los pensamientos, y ello nos pondrá en disposición de vincularnos a aquellos Espíritus que se encuentran en un nivel evolutivo determinado. Podrá ser bueno o inferior, dependerá de nuestro grado de adelanto.

Nuestras codicias, nuestros malos deseos, crea en torno a nosotros una atmósfera fluídica negativa, favorable a la acción de las influencias del mismo orden, mientras que las aspiraciones elevadas atraen las vibraciones poderosas, las radiaciones de las esferas superiores.

No hay necesidad de creer en la existencia del Mundo de los Espíritus, ni de querer conocerle para sentir sus efectos, la Ley de las atracciones es ineludible y todo en el hombre está sometido a ella.

Del hombre depende recibir las inspiraciones más diversas, desde las más sublimes hasta las más groseras. Nuestro estado mental es como una brecha por la cual pueden penetrar en nosotros amigos y enemigos.

Analizando los pensamientos que nos son sugeridos, podremos saber qué “clase” de espíritus están ligados a nosotros, recordando que los imperfectos nos incitan al mal. Pero habrá también a nuestro lado otros que tratarán de influirnos hacia el bien, lo cual restablece el equilibrio y nos deja el libre albedrío para inclinarnos sobre lo que nos interesa. Si hemos rechazado con nuestra voluntad y nuestros actos la influencia de aquellos que intentaron perturbarnos, ellos cederán en espera de un mejor momento, puesto que acechan el instante propicio, como hace el geto con el ratón.

¿Pero, cómo ejercen su acción sobre la materia cerebral?

La mente del Espíritu sintoniza con la mente del ser que se encuentra viviendo la experiencia de la vida física y ejerce su acción por el movimiento. Y reflexivamente, el pensamiento imprime a las moléculas del cerebro movimientos vibratorios de variada intensidad. El cerebro es el instrumento admirable, la clave de donde el pensamiento hace brotar todas las armonías de la inteligencia y del sentimiento.

¿Cómo podemos neutralizar la influencia de los Espíritus inferiores?

Realizando el bien los rechazaremos, y vigilando que nuestros oídos no se presten a las sugestiones de Espíritus que despiertan en nosotros malos pensamientos, que fomentan la discordia entre nosotros, los hombres, excitando las pasiones viles. No debemos olvidar los que halagan nuestro orgullo, porque es él, nuestro lado más débil.

El Espíritu Joanna de Ángelis, a través de la psicografía del médium brasileño Divaldo Pereira Franco, nos orienta en su libro, “ Jesús y el Evangelio”, con estas palabras: “No debemos olvidar que toda la esencia de la vida se encuentra establecida en el amor, que es de procedencia Divina. En la perspectiva de la psicología profunda el ser vive para amar y ser amado”.

Ese proceso encierra toda la conquista de cada ser, que debe transformar sus impulsos en sentimientos, atavismos en actitudes lúcidas, herencias dominadoras en adquisiciones plenas, instintos arraigados en emociones armónicas, hábitos en realizaciones edificantes, tendencias inferiores en aspiraciones elevadas bajo los impulsos del amor. Tal es el gran compromiso que debe ser atendido por todas las criaturas que anhelan tranquilidad y bienestar legítimo.

Juan Miguel Fernández Muñoz

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