Archivado en 8 noviembre 2016

La Apatía.

8 noviembre, 2016

La Apatía

Si una actitud violenta, precipitada, puede llevarnos a desastres de consecuencias lamentables, la apatía es siempre una causa de trastorno y atraso en la máquina del progreso evolutivo.

La apatía, nos dice el Espíritu de Juana de Angelis, en todo momento tiene su origen en el programa cármico del espíritu que se encuentra en prueba. Es la consecuencia de graves aflicciones y errores del pasado que no fueron corregidos por el Espíritu y que emergen de lo íntimo del alma, como una expresión deprimente, entorpecedora.

El apático es aquel que pierde la batalla antes de enfrentarse a ella… Se encuentra en un proceso de evolución con el objetivo de vencer aquellas imposiciones dolorosas que le corresponden, debiendo dedicar grandes esfuerzos para superarlas.

Es en los estados apáticos donde se inician los procesos de auto-obsesión, así como de la obediencia obsesiva a Espíritus inconsecuentes, que se complacen en utilizar psíquica, emocional y orgánicamente a los que se convierten en sus víctimas espontáneamente.

En el estado débil en que se encuentra y en el cual deja paralizar sus fuerzas, aprisionado por las redes de la indolencia, debe luchar para romper todos los vínculos y reorganizarse, iniciando así el esfuerzo preciso, al principio mentalmente, para más tarde regresar en acciones a la problemática que debe someterse penetrando en el compromiso rehabilitador.

En la lucha competitiva de la vida terrestre, no hay lugar para el apático. Debe reaccionar vigorosamente contra la desidia, el desinterés.

Aquél que padece la opresión de la apatía, se adapta fácilmente a la situación creada, a pesar de ser lamentable, constituyendo para él una forma de bienestar que lo lleva a la pereza y al desequilibrio.

El hombre transita por los caminos que elige y en los cuales se siente a gusto.

Pero la vida es acción. La acción es movimiento. Y el movimiento debe ser emprendido para el bien y el progreso, de cuyo esfuerzo resultan las conquistas que nos impulsan hacía la felicidad.

Debe eliminar de su vocabulario las frases pesimistas habituales, renovándolas por otras equivalentes que sean ideales.

No diga: “no puedo”, “no soporto”, “desisto”. Haga un cambio en su paisaje mental, sustituyendo estas frases por otras: “cuando quiero, todo lo puedo”, “soporto todo cuanto es para mi bien”, y “proseguiré al precio del sacrificio, si es necesario, para alcanzar la victoria que persigo”.

Orar y vencer al adversario sutil que busca alojamiento, valiéndose de justificaciones falsas, es nuestro deber.

La ley del trabajo es un impositivo digno de las leyes naturales que promueven el progreso y fomentan la vida.

“Ayúdate y el cielo te ayudará” nos informa el Evangelio, invitándonos a la lucha contra la apatía y sus secuaces, que se identifican como desencanto, depresión, cansancio y falta de ilusión por el vivir.

                                                                                      Juan Miguel Fernández Muñoz

¿Influyen los Espíritus en nuestra vida?

8 noviembre, 2016

Influyen los Espíritus en nuestra vida

Hace tan sólo unos días, en el transcurso de uno de los coloquios que acostumbramos a realizar, después del tiempo dedicado a una de las conferencias que impartimos por algunas provincias de nuestra querida España, y tras contestar a varias preguntas que nos fueran formuladas, una de las personas presentes, frecuentador no habitual del Centro Espírita donde nos encontrábamos, nos dijo:

– Me llama mucho la atención la manera que tiene usted de hablar de los Espíritus y del Mundo Espiritual. Usted da por seguro que esto sea real.

La contestación por nuestra parte fue sincera:

– Discúlpenos si utilizamos este lenguaje a la hora de expresarnos, pero la idea de la existencia del Mundo de los Espíritus está en nosotros tan asumida que automáticamente la manifestamos con la misma naturalidad que podríamos hablar del día y la noche.

A partir de aquí el dialogo se prolongó y este hermano adoptó la idea de estudiar la Doctrina Espírita con el fin de adquirir el suficiente conocimiento acerca de “aquello” que para él no tenía tanta seguridad.

Si estuviésemos más atentos al entorno que nos rodea, apreciaríamos la presencia de los Espíritus en nuestra vida. Ellos permanecen a nuestro lado e influyen en las decisiones que adoptamos, aunque lógicamente nuestro libre albedrío las determina.

La pregunta del Libro de los Espíritus 525 dice:

– ¿Ejercen los Espíritus alguna influencia en los acontecimientos de la vida?

Y los Espíritus contestan:

– Ciertamente, puesto que te aconsejan.

– ¿Ejercen esta influencia de otro modo que por los pensamientos que sugieren, es decir, tienen una acción directa en la realización de las cosas?

– Sí; pero nunca se apartan de las leyes de la naturaleza.

Y Allan Kardec, el codificador de la Doctrina Espírita, añade:

“Nosotros nos figuramos equivocadamente que la acción de los Espíritus no debe manifestarse más que por fenómenos extraordinarios; quisiéramos que nos ayudasen por medio de milagros, y siempre nos los representamos provistos de una varita mágica. No hay tal cosa, y he aquí por qué su intervención nos parece oculta y lo que con su concurso se verifica nos parece muy natural. Así, por ejemplo, provocarán el encuentro de dos personas que creerán encontrarse por casualidad; inspirarán a alguien la idea de pasar por un lugar determinado; llamarán su atención sobre tal cosa, si ha de conducir al resultado que quieren obtener, de modo que, creyendo el hombre seguir su propio impulso, conserva siempre su libre albedrío.”

Prestemos más atención a las sugerencias espirituales, al tiempo que deberemos tener nuestra mente limpia, porque recordemos que sintonizaremos con aquellos Espíritus que se encuentran en la misma franja vibratoria que nosotros.

Los Espíritus protectores nos ayudan con sus consejos por medio de la voz de la conciencia que hacen hablar dentro de nosotros; pero como no siempre les damos la necesaria importancia, nos los dan más directos, valiéndose de las personas que nos rodean. Examinemos cada cual las diversas circunstancias felices o infelices de nuestra vida, y veremos cómo en muchas ocasiones hemos recibido consejos que no siempre hemos puesto en práctica y que, de haberlos escuchado, nos hubieran evitado muchos disgustos.

                                                                                                     Juan Miguel Fernández Muñoz

El temor a la muerte.

8 noviembre, 2016

El temor a la muerte

                                                         “Los muertos no son ausentes, son los invisibles”                                                                                                                            Víctor Hugo.

Dentro de nuestra actividad doctrinaria acostumbramos a impartir conferencias y charlas relacionadas con los temas del espíritu. Cierto día, después de una exposición, una joven, en el tiempo que dedicábamos al coloquio, preguntó: ¿Por qué tengo tanto miedo a la muerte?

– Por el desconocimiento sobre la realidad espiritual – contestamos.

Efectivamente, los pueblos occidentales carecemos en general, por desgracia, del conocimiento suficiente para saber que el alma es inmortal, que la vida continúa después de la muerte física. Si ya desde nuestra más tierna edad nos enseñan a comprender que el Espíritu, o el alma, no muere, nuestra mente estaría despierta a este acontecimiento irreversible. Aunque lo hayamos oído muchas veces es algo en lo que no nos paramos a meditar, a pesar de su gran importancia.

Son pocas las almas que en la existencia corporal se esfuerzan por vivir las enseñanzas del Evangelio de Jesús, creyendo que los esfuerzos y sacrificios, así como las vicisitudes soportadas durante su vida en la Tierra, le han de garantizar la liberación del Espíritu cuando pasen al otro lado.

Hay dos factores muy importantes que no solo perturban a los encarnados en la última hora, creándoles serias dificultades, y que les retienen más tiempo del debido junto a su cadáver, después de haberles considerado “muertos”. Uno de ellos es el proverbial “miedo” a la muerte. Y el otro factor, proviene de los lamentos familiares que en si desesperación e ignorancia terminan por imantar al “fallecido” a su lecho de dolor, dificultándole la liberación rápida del espíritu.

No basta que el ser humano haya sido educado brillantemente o que posea una cultura adelantada, acumulada a través de los muchos años de estudio, ya que generalmente valoran las cosas del mundo material y confunden el verdadero sentido de la vida del espíritu inmortal con los efectos transitorios de la existencia física. Cuando se enfrentan con el terrible momento de la “muerte”, en donde la vida corporal se escapa sin posibilidad alguna de retención, el miedo domina su cerebro y se apegan desesperadamente a los últimos resquicios de vitalidad, solicitando más tiempo para desatar los lazos de la existencia terrena. Incluso algunos por su tremendo temor a la muerte y mostrando su disconformidad, terminan por encarcelar su espíritu en el cuerpo agonizante. En vez de predisponer la mente hacia la invitación para impedir que su espíritu se libere.

También la aflicción, la desesperación y el rechazo de la familia y amigos que le rodean producen filamentos densos de magnetismo que imantan al espíritu desencarnante a su cuerpo material como si fuesen gruesas cuerdas vivas que sostienen el alma en agonía. Entonces, al estar presos en las mallas esclavizantes de la poderosa red magnética, se ven obligados a presenciar los lamentos, los gritos y desesperaciones que vibran alrededor de él. Y es tan perjudicial es misión afectiva, establecida a través de los lazos magnéticos de sus familiares, que en cuántos casos algunos espíritus, de reconocida elevación espiritual, llegan a combinar para que su desencarnación se produzca durante el sueño o alejados de la familia, con el fin de que los individuos puedan “morir” sosegados. Así, como los desenlaces súbitos, ocurridos fuera del hogar en donde la desesperación de los parientes no les puede afectar el espíritu, que ya está liberado de los lazos que le ataban a la vida física.

Es conveniente reflexionar que, si para los encarnados la muerte de un familiar significa una tragedia insuperable y a su vez un drama doloroso, el mismo acontecimiento para sus parientes ya desencarnados se transforma en un hecho jubiloso, pues en realidad se trata de retorno de un ser querido a su verdadero hogar en el Más Allá.

No hay separación absoluta; lo que realmente existe es que el espíritu devuelve a la tierra su vestimenta carnal, usada e inservible, que le fuera prestada para el rápido aprendizaje a través de algunos años terrenales.

La desencarnación tiene características muy particulares; cada uno recoge aquello que siembra, en el tiempo exacto y previsto de la Ley Divina.

Cierto es que en el momento de desercarnar aparecen junto a nosotros espíritus amigos o de parientes que nos asisten en la hora critica. De eso no tenemos duda. Pero también nos podremos encontrar con dificultades que se anteponen a la mayoría de los desencarnados, principalmente a causa de su comportamiento con otros seres que perjudicaron, cuyas influencias amenazan a los recién llegados de la Tierra.

Podremos tener la protección de la asistencia benefactora que nuestros amigos invisibles nos prestan, pero esa defensa dependerá mucho del caudal de virtudes que posea el espíritu desencarnante y del modo como haya vivido en la materia, porque, es común, que los encarnados obedecen más a los instintos de las pasiones animales que a la razón espiritual; poco a poco se dejan envolver por las sugestiones maléficas de los malhechores de las sombras, que desde el Más Allá les preparan anticipadamente para que sintonicen mejor a sus vibraciones inferiores.

Es por ello que aún, todavía, estamos a tiempo de preparar el camino con nuestras buenas acciones, pues serán lo único que podremos llevarnos cuando esa hora llegue para nosotros. Porque recordemos, la muerte es un fenómeno biológico que transfiere al ser de una realidad hacia otra, sin extinción de la vida.

                                                                               Juan Miguel Fernández Muñoz

Demasiado tarde.

8 noviembre, 2016

Demasiado tarde.

La ciencia interpreta tan solo como real todo aquello que puede comprobarse y mediarse a través de los instrumentos científicos, ignorando la existencia del “Mundo Invisible” en el que nos encontramos inmersos, constatado por los fenómenos mediúmnicos según nos revela el estudio de la Filosofía Espírita.

El mérito de Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, nacido en Fraiberg el 06 de mayo de 1856, de origen judío, recordemos, fue demonstrar que el mundo mental de los hechos inconscientes o más brevemente, el inconsciente era de una riqueza incomparable y estaba gobernado por unas leyes de organización distintas a aquellas que reinan en el campo de lo consciente.

Freud y el psicoanálisis demostraron que esta parte desconocida de nosotros mismos (nuestro inconsciente) es mucho más rica e importante que nuestro consciente; los dominios del sueño – y, en el límite, los de la alucinación y el delirio – se extienden por el lado de allá de la realidad cotidiana.

El Cap. XIII (Emancipación del Alma) de “El Libro de los Espíritus” nos instruye dándonos un mejor conocimiento de la situación de nuestro espíritu durante el descanso del cuerpo físico.

Volvamos a Freud. En 1873 había terminado sus estudios consiguiendo en su examen final “Summa Cum Laude”.

Más tarde, en 1881, se gradúa en la Universidad de Viena, donde posteriormente en 1882, conoce a su futura esposa, Marta Bernays, con la que contrae matrimonio en 1886.

Su vida estuvo dedicada básicamente al psicoanálisis, y su obra tuvo en Gran Bretaña un eco profundo y duradero, surgiendo siempre en los temas de “moda” de las reuniones sociales entre los años 1910 a 1925.

De 1925 a 1930, época, por otra parte, en que los surrealistas franceses utilizan los descubrimientos de Freud, a su manera, para justificar su teoría de la escritura automática, explicada y desarrollada en el Cap. XIII (Psicografía) de “El Libro de los Médiumns”, se impone su investigación sobre el inconsciente de tal manera, que llega inclusive a influir en la literatura alemana e inglesa.

Nos dice Freud en sus ensayos, que el psiquismo humano descansa sobre un inmenso campo inconsciente dinámico efectivo, y que la reacción consciente es siempre un compromiso entre ese inconsciente y las instancias del super-yo.

Sin embargo, debemos matizar según se desprende del profundo estudio de la Doctrina Espiritista aporta, que todas aquellas conductas son debidas a la actuación inteligente del espíritu. En 1924 Freud había dirigido una carta a Ernest Jones, figura central del movimiento psicoanalítico en Inglaterra, en la que decía: “Estoy dispuesto a abandonar mi posición a la idea de la existencia de transmisión del pensamiento”. Pocos años antes, Freud, invitado a adherirse al Instituto Americano para la Investigación Psíquica, había respondido: “De haberme hallado en los inicios de mi carrera profesional y no proster etapa, cual es ahora el caso, probablemente me habría inclinado hacía la Parapsicología como área de estudio pese a lo problemático de su naturaleza”.

Preguntado en 1936 acerca de los fenómenos paranormales Sigmun Freud afirmó “La transmisión del pensamiento, la posibilidad de percibir el pasado o el futuro, no pueden deberse a una casualidad”. A renglón seguido e insinuándosele una sonrisa en los labios, agregó: “Hay quienes creen que me he convertido en un anciano chocho y crédulo. No creo que éste sea el caso. Lo que sucede es que a lo largo de la vida he aprendido a aceptar hechos nuevos humildemente, con espontaneidad”.

La Parapsicología comprueba científicamente los fenómenos paranormales terminando ahí su investigación, dejándonos en la incógnita, del origen y procedencia de ellos.

El Espiritismo expone de una forma sencilla y razonada, sin dogmatismos, el proceder del ser; despejando así las incógnitas que durante tanto tiempo estuvieron en el silencio de lo desconocido.

Los Espíritus ya dijeron que Freud debió abrir la puerta del subconsciente para penetrar en el Mundo Espiritual. Freud no supo cumplir su misión, porque empezó a admitir esta posibilidad demasiado tarde.

Murió en Londres el 23 de septiembre de 1939.

                                                                                              Juan Miguel Fernández Muñoz

 

Disponible el video de la conferencia de María Jesús Albertus.

8 noviembre, 2016

Ya podéis ver el video de “¿Cómo Se Materializan Los Espíritus?”, la conferencia que María Jesús Albertus ofreció el viernes 4 de noviembre en la Asociación.

¡Que lo disfrutéis!

Invitación a la oración.

8 noviembre, 2016

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“Señor, enséñanos a orar…” (Lucas: I-II)

Los últimos adelantos científicos comprueban de una manera clara y patente el poder del pensamiento.

Los rayos N nos manifiestan, con una irradiación, que ésta es más potente cuando la voluntad se ejerce; de otra parte, se ha comprobado científicamente que el cuerpo humano está más saturado de oxígeno, cuando su espíritu rebosa satisfacciones morales. Mientras que cuando le influyen malos pensamientos, estos hacen que el cuerpo se sature de carbono, ocasionándole malestar indecible.

Todo aquel que haya orado de verdad conoce el consuelo y el bienestar que de ella se adquiere.

Sabemos que el objeto de la oración, su evocación, es elevar nuestra alma a Dios; la diversidad de las formulas no debe establecer ninguna diferencia, porque Dios las acepta todas cuando son sinceras.

Toda oración elevada es manantial de magnetismo creador y vivificante. Y toda criatura que la cultiva, con el debido equilibrio del sentimiento, se transforma, gradualmente, en foco irradiante de energías de la Divinidad.

Cuándo Jesús nos dijo: “(…) todo lo que pidiereis con fe, en oración, vosotros lo recibiréis” (…) (Mateo, 21-22) nos reveló que el acto de orar es algo mucho más profundo de lo que se puede observar a primera vista.

El conocimiento de la Doctrina Espírita, a través de su estudio, nos hace comprender también, que además de la importancia del cultivo de la oración, debemos aprender a orar y a entender las respuestas de lo Alto a nuestras súplicas.

El Espiritismo reconoce como buenas las oraciones de todos los cultos, cuando se dicen con el corazón y no de labios solamente. Es cuando se transforma en vibración, energía, poder.

Creer que Dios solo escucha una fórmula (religión), es atribuirle la pequeñez y las pasiones de la humanidad.

Dios es demasiado grande, para rechazar la voz que le implora o que canta sus alabanzas.

Recordemos que la condición esencial de la oración, según San Pablo, es que sea inteligible, a fin de que pueda hablar a nuestro Espíritu. Hay que realizar las oraciones con destino al corazón. No se desean palabras en lengua extraña, o con superabundancia de expresiones que no dicen nada. Debe ser clara, sencilla, concisa, sin frases inútiles, ni lujos pomposos. Cada palabra debe tener su propósito, debe hacer reflexionar. Así la oración alcanzará su finalidad.

Porque, cuando el hombre ora, su mente actúa sobre el fluido cósmico universal, estableciendo una corriente fluídica que transmite el pensamiento a quien nos dirigimos, asimilando fuerzas regenerativas en favor de sí mismo, o de la persona por quien lo hacemos.

Todos nosotros podemos encaminar hacia Dios, en cualquier parte y en cualquier tiempo las más variadas oraciones, necesitando, asimismo, cultivar la paciencia y la humildad, para esperar y comprender sus respuestas.

                                                                                            Juan Miguel Fernández Muñoz