Archivado en 28 junio 2015

La Madurez de los Niños

28 junio, 2015

El entorno que rodea nuestra vida nos facilita en la mayoría de las ocasiones, mediante la observación, la oportunidad de aprender y comprender muchas de las enseñanzas que la Doctrina Espírita nos revela y que siempre han estado ahí.

Contemplábamos hace tan solo unos días una escena muy interesante: Un niño de 5 o 6, se debatía intranquilo, entre el calor y el aburrimiento, en el asiento de un autobús, bombardeando a su madre que lo acompañaba, con preguntas e interrogaciones en alta voz, que la mayoría de las veces sin esperar respuesta alguna, contestaba el mismo, como si en un diálogo íntimo se hallase.

Nos daba la impresión como si la inocencia e inmadurez de la criatura fuese correspondida por la madurez y veteranía de su Espíritu, al cual pertenecía ese pequeño cuerpo en esta vida.

No es la primera vez que dialogando con jóvenes madres acerca de sus hijos en edad temprana, hemos oído ¡ A veces me sorprende con sus preguntas !, ¡ Parece que ha nacido sabiendo !, ¡ No sé donde ha aprendido las cosas que dice !, y así sucesivamente .

Vemos que la inteligencia y la evolución intelectual de los Espíritus que se reencarnan actualmente en nuestro planeta desde hace unos años, refleja muy claramente que la Tierra se encuentra ya en ese periodo de regeneración que El Espiritismo nos anuncia.

El hombre común conoce el vehículo en el que se mueve, ignorando la mayor parte de los procesos vitales de los que se beneficia y utilizando el cuerpo de carne de la misma manera que un inquilino extraño dispone de la casa en que reside.

Para que tuviésemos un recipiente tan primoroso y tan bello, como el cuerpo humano, la Sabiduría Divina, invirtió miles de siglos, utilizando los múltiples recursos de la Naturaleza, en el campo inmensurable de las formas…., Para que lleguemos a poseer el sublime instrumento de la mente en planos más elevados, no podemos olvidar que el Supremo Padre se vale del tiempo infinito para perfeccionar y ensalzar la belleza y la precisión del cuerpo espiritual que nos concederá los valores imprescindibles para nuestra adaptación a la Vida Superior.

Juan Miguel Fernández Muñoz

La Felicidad

28 junio, 2015

La felicidad legítima no es mercadería que se presta.

Es realización íntima. André Luiz (Espíritu).

La felicidad en su concepto espírita no siempre coincide con la idea que de ella tienen generalmente las personas.

Hay sujetos que viven y se preocupan expresamente por ser felices tratando siempre de conseguir el máximo bienestar y caen más tarde en la desdicha provocada por el desánimo.

Existen seres que luchan por destacarse profesionalmente, considerando que ésta sería una manera de sentirse dichosos, pero cuando consiguen lo que anhelaban se confiesan desafortunados al experimentar que son incapaces para desempeñar la tarea que se les encomendó.

A las mesas abundantes acuden aquellos felices que adquieren enfermedades por los excesos gastronómicos a los que se aficionaron, al tiempo que hay desdichados que padecen por la carencia de lo más primordial para la subsistencia, pero sacan provecho de las lecciones que la vida puso en sus caminos y conquistan así los tesoros de los valores perdurables, los únicos que nos podremos llevar al otro lado de la vida física cuando ésta se apague.

Nos encontramos también con los felices de la salud que, abusando de su fortaleza corporal, son sorprendidos por una desencarnación prematura. Así como hallamos a los desdichados por la enfermedad que, por los cuidados que prestan a sus cuerpos, alcanzan a vivir una larga existencia.

En todos los lugares observamos contrastes que nos aleccionan. Circunstancias felices transmiten muchas veces grandes tormentos en el futuro por no haber sabido utilizar con criterio los momentos favorables que nos fueron concedidos.

Aquí y allá surgen, innumerables veces, los felices-desdichados que se arrojan en los despropósitos y los desdichados-felices que se elevan con las dificultades de las pruebas a las que son sometidos.

Apliquemos el entendimiento espírita a los acontecimientos y verificaremos que los felices y los desdichados no están calificados así por el bienestar o la escasez que los rodea exteriormente. Son y serán siempre aquellos que, en cualquier situación, construyen la felicidad o la desdicha de los demás, puesto que las leyes de la vida, según la enseñanza de la Filosofía Espírita, determinan que el hombre sea puesto a prueba por el hombre y señalan, además, que la felicidad o la desdicha provocadas por alguien en los caminos ajenos, ellas vuelven, rigurosamente, hacia quien las ocasionó.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Hay enfermedades porque hay enfermos

20 junio, 2015

La gran cantidad de enfermedades físicas y mentales que el hombre padece nos demuestran muy claramente que es un ser incompleto. Su estructura orgánica perfeccionada en los milenios de la evolución antropológica, aún padece de la fragilidad de los elementos que la constituyen.

Vulnerable a las transformaciones degenerativas, resiste el psiquismo y a través de sus neuronas cerebrales se exterioriza, afirmando así la preexistencia de la conciencia, independiente de las moléculas que constituyen su organización material.

La conciencia, en su realidad, es un factor extrafísico, no producido por el cerebro, puesto que posee los elementos que se consustancian de forma que se le torna necesaria para manifestarse.

Esa energía pensante, preexistente y sobreviviente al cuerpo, evoluciona a través de las experiencias reencarnatorias, que constituyen un proceso de adquisición de conocimientos y sentimientos, hasta lograr la sabiduría. Como consecuencia, se hace heredera de sí misma, utilizando los recursos que almacena e invierte en etapa tras etapa, para logros más avanzados.

Las dolencias orgánicas se instalan como consecuencia de las necesidades cármicas que le son inherentes, convocando al ser a reflexiones y formulas morales que propicien el reequilibrio.

En razón de eso, podemos repetir que solamente ” hay enfermedades porque hay enfermos “, esto es, la dolencia es un efecto de disturbios profundos en el campo de la energía pensante o Espíritu.

Las resistencias o carencias orgánicas resultan de los procesos de la organización molecular de los equipos que se sirve, producidos por la acción de la necesidad pensante.

En las patologías congénitas, el cuerpo psíquico impone los factores cármicos modeladores necesarios a la evolución, bajo impositivos que le impiden, por los límites y las imposiciones difíciles, a la reincidencia del fracaso moral.

Considerando de esta forma, a medida que la Ciencia se equipa y soluciona patologías graves, creando terapias preventivas y proporcionando recursos curativos de gran valor, surgen nuevas enfermedades, que pasan a constituirse en verdaderos desafíos. Ésto se da porque la evolución tecnológica y científica de la sociedad no se presenta en igual correspondencia con el mecanismo de las conquistas morales.

El hombre se adueña de lo exterior y se pierde interiormente. Avanza en la línea horizontal del progreso técnico sin lograr la ética vertical. En el inevitable conflicto que se establece – comodidad y placer, sin armonía interna -, desconecta los centros de equilibrio y se abre favorablemente a agentes agresores nuevos, a los cuales da vida desorganizando los conjuntos celulares.

Asimismo, las tensiones, frustraciones, vicios, ansiedades, fobias, facilitan las desarmonías psíquicas creando problemas orgánicos, que dan cabida a tormentos mentales y emocionales.

Para funcionar todo el equipo en armonía, ajustado a las finalidades para las cuales se destina, exige un perfecto equilibrio de todas las piezas que lo componen.

De la misma forma, la maquinaria orgánica depende de los flujos y reflujos de la energía psíquica y ésta, a su vez de las respuestas de las diversas piezas que acciona. En esa interdependencia, la vibración mental del hombre le facilita conscientemente o no el equilibrio o la desarmonía. Sabiendo canalizar la corriente vibratoria, organiza y somete las piezas físicas a su comando, produciendo efectos de salud, por largo periodo, no indefinidamente, dada la precariedad de los componentes construidos para el uso transitorio.

Las enfermedades contemporáneas, sustituyendo a algunas antiguas y sumándose a otras no conocidas aún, se encuadran en el esquema del comportamiento evolutivo del ser, en su proceso de armonización interior, de edificación.

En su esencia, la energía pensante posee los recursos divinos que debe exteriorizar. Para ello a semejanza de una simiente, sólo cuando sometida a la germinación, facilita la eclosión de sus extraordinarios elementos, hasta entonces adormecidos o muertos.

La mente equilibrada gobernará el cuerpo en armonía y en ese intercambio, surgirá la salud ideal.

Juan Miguel Fernández Muñoz

El libro de los Espíritus

14 junio, 2015

Transcurría la mitad del siglo pasado, concretamente el día 18 de Abril de 1.857, cuando en la Galería D’Orleans de París, en el Palacio Royal, en la librería más importante de la capital francesa, en el lugar de encuentro de la literatura, donde se reunían la flor y nata de la sociedad, fue presentado por el eminente pedagogo francés Hipolito León Denizard Rivail, más conocido por Allan Kardec en el mundo Espiritista , “El Libro de los Espíritus” .
Por visión de los Espíritus era necesario que se publicara allí, porque en aquella época, era más valioso ser silbado, rechazado en París, que aplaudido en el resto del mundo. Eso daría un trascendental respaldo literario al libro, al contenido de la obra madre de la Tercera Revelación, la que contiene los principios fundamentales de la Doctrina Espírita.
Allan Kardec, en su nueva trayectoria como codificador de El Espiritismo en los “PROLEGÓMENOS” de la citada abra decía:
“Fenómenos que se sustraen a las leyes de la ciencia vulgar, se manifiestan en todas partes y revelan en su causa la acción de una voluntad libre e inteligente.
“La razón dice que un efecto inteligente debe tener por causa una potencia inteligente, y los hechos han probado que esta potencia puede entrar en comunicación con los hombres por medio de signos materiales.
“Preguntada acerca de su naturaleza, manifestó que pertenecía al mundo de los seres espirituales que se han despojado de la envoltura corporal del hombre. Así es como nos fue revelada la Doctrina Espíritista.
“Las comunicaciones entre el mundo espiritual y el mundo corporal están en la naturaleza de las cosas, sin que constituyan un hecho sobrenatural, y por esta razón se encuentran vestigios de ella en todos los pueblos y en todas las épocas: en el día se hallan generalizadas y patentes para todo el mundo.
“Los Espíritus nos anuncian que han llegado los tiempos señalados por la Providencia para una manifestación universal, y que siendo los ministros de Dios y los agentes de su voluntad, su misión es la de instruir e ilustrar a los hombres abriendo una nueva era para la generación de la humanidad.
“Este libro es la recopilación de su enseñanza; ha sido escrito por mandato de los Espíritus superiores y dictado por ellos mismos para sentar las bases de una filosofía racional, desprendida de las preocupaciones del espíritu de sistema: nada contiene que no sea la expresión de su pensamiento y que no haya pasado por la censura. Únicamente el orden y la distribución metódica de las materias, así como las observaciones y la forma de redacción de algunas de sus partes, son obra del que ha recibido la misión de publicarlo.
“Entre los Espíritus que han concurrido al cumplimiento de esta obra, hay muchos que han vivido en épocas diferentes sobre la tierra, donde han predicado y practicado la virtud y la ciencia, y otros que no pertenecen a ningún personaje de quién la historia conserve el recuerdo; pero queda atestiguada su elevación por la pureza de su doctrina y par su unión con los que llevan nombres venerados.”
A través de 1.019 cuestiones San Juan Bautista, San Agustín, San Vicente de Paul, San Luis, el Espíritu de verdad, Sócrates, Platón, Fenelón, Franklin, Swedemborg, etc.etc., nos exponen un verdadero compendio de sabiduría, que el desarrollo de los acontecimientos vienen confirmando en su integridad desde hace más de un siglo.
Para todos aquellos que las incógnitas de sus inquietudes espirituales, filosóficas y científicas permanezcan sin despejar, les recomendamos adentrarse en “El Libro de los Espíritus”. Descubrirán un cúmulo de conocimientos que enriquecerán su vida.
Juan Miguel Férnandez Muñoz

Ser Completo: Ser Material y Ser Espiritual

14 junio, 2015

George Mivart, el célebre naturalista inglés, analizando psicológicamente al hombre, aclara que él, EL HOMBRE, “difiere de los otros animales por las características de la abstracción, de la percepción intelectual, de la conciencia de sí mismo, de la reflexión, de la memoria racional, de su capacidad de juzgar, de la síntesis e inducción intelectual, del raciocinio, de la intuición, de las emociones y sentimientos superiores, del lenguaje racional y del verdadero poder de la voluntad”
Las enciclopedias definen al hombre como un “animal racional, moral y social, mamífero, bípedo, bimano, capaz de un lenguaje articulado que ocupa el primer lugar en la escuela zoológica: ser humano. . .”
El momento más elocuente de su proceso evolutivo se dio cuando adquirió la conciencia para discernir el bien del mal, la verdad de la mentira.
Estudiado ampliamente a través de los siglos, Pitágoras afirmaba que él, el hombre, es la medida de todas las cosas. Sócrates y Platón establecieron que era el objeto más directo de la preocupación filosófica, siendo el resultado del ser o Espíritu inmortal y del no ser o su materia, que unidos le proporcionaban el proceso de la evolución.
Desde el punta de vista psicológico, la persona es un ser que se expresa en múltiples dimensiones, desde su contenido humanista, comportamentalista y existencial, a nuevos potenciales que estructuran al ser pleno.
La psicología occidental, difiriendo de la oriental, mantuvo el concepto de persona en los límites cuna-sepulcro con la estructuración transitoria, en cuanto la otra sustenta la idea de una realidad trascendente, a pesar de su inseparable expresión de la forma y relatividad corporal.
Los estudios transpersonales, incorporando las tesis orientales, consideran a la persona como un ser integral, cuyas dimensiones pueden expresarse en varias manifestaciones, tales como la consciencia, el comportamiento, la personalidad, la identificación, la individualidad, en un ser complejo de expresión trinitaria.
La persona, observada desde el punto de vista inmortal, es pre-existente al cuerpo y su origen se pierde en los milenios pasados del proceso evolutivo, para desarrollarse de acuerdo a una finalidad que se manifiesta en cada experiencia corporal, la reencarnación, como adquisición de nuevos conocimientos, facultades y funciones, que conducen al crecimiento y a la felicidad.
En el Espiritualismo idealista “el espíritu tiene la primacía en todo lo que se relaciona con el mundo y la vida humana”, en tanto que para el materialismo, “el espíritu no es más que una forma de actividad de la materia que en determinada fase de su evolución de las formas simples hacia otras más complejas, adquirió la conciencia”.

A través de los siglos la filosofía buscó demostrar que la persona es distinta del individuo y del ser psicofísico, que dio margen a consideraciones prolongadas por parte de los pensadores y de variadas escuelas, procurando ofrecer al hombre los caminos para ser feliz en continuas tentativas de interpretar la vida y entenderla. Mientras que los filósofos atomistas lo reducían al capricho de las partículas, las cuales al desarticularse, se aniquilaban a través del fenómeno de biológico de la muerte.
La filosofía espírita nos enseña que el hombre es un conjunto de elementos que se ajustan e ínter-penetran en una misma estructura biológica. El cuerpo carnal y el cuerpo espiritual se originan en el mismo elemento primitivo, es decir, del fluido cósmico universal. Ambos son materia aunque en estados diferentes.
A través del “Libro de las Espíritus” sabemos que hay tres cosas que existen en el hombre:
1a) El cuerpo físico o ser material análogo a los animales y animado por el mismo principio vital. Es el envoltorio material que precisamos para desenvolvemos en este plano de existencia.
2a) El alma o ser inmaterial, espíritu encamado en el cuerpo, ser eterno y preexistente que sobrevive al cuerpo físico después de la muerte.
3a) El lazo que une el alma al cuerpo somático, principio intermediario entre la materia y el espíritu, al que se denomina “periespíritu”, que es constituido de varios tipos de fluido, energía o de materia hiperfísica.
Recordemos que en el mismo instante de la fecundación en el óvulo, la primera célula llamada “cigoto” comienza su trabajo para ir construyendo el cuerpo físico y espiritual en función de sus necesidades reencarnatorias. Y lo hace a través de los genes y cromosomas que nos dan las características físicas necesarias para las lecciones, pruebas y expiaciones que tengamos destinadas en cada existencia.
O lo que es lo mismo, en cada reencarnación se preparará con nuestra colaboración, o sin ella, el organismo físico adecuado para la nueva tarea que hemos de emprender.
La envoltura física no solo vendrá equipada para las tareas a las que nos hemos comprometido en el mundo espiritual, sino que además, traerá consigo la posibilidad de que puedan producirse ciertos desequilibrios orgánicos como reparación de faltas e imprudencias cometidas anteriormente. Todo ello dependerá, por supuesto, de nuestro comportamiento y de nuestra capacidad de asumir los retos que se nos plantean.
Nuestro actual vehículo físico responde perfectamente a la situación de nuestro periespíritu después de la anterior reencarnación, cumpliéndose así la “ley de causa y efecto”.

Una vez que esta realidad ha aparecido ante nuestros ojos, debemos analizar y meditar seriamente, cuál es el comportamiento a seguir, que cosas debemos rápidamente cambiar, cual es el camino para mantener nuestra mente armónica e impedir que se produzcan alteraciones que nos van a afectar también físicamente.
Es de máxima importancia en el complejo humano el moderno “Modelo organizador biológico”, es decir el periespíritu, porque su función es la de personalizar, individualizar e identificar el espíritu, guardando la apariencia humana de su última encamación. En él las experiencias de las múltiples reencarnaciones están archivadas, sufriendo con los tóxicos ingeridos por el hombre. Su plasticidad es afectada por los desgastes del alcohol, de las drogas, de la nicotina, de las tentativas de suicidio, etc., grabándole los disturbios patológicos tales como la esquizofrenia, la epilepsia, el cáncer, el mal de Hansen, entre otros, que en un momento propio favorecen la sintonía con microorganismos que desordenadamente se multiplican y abordan el campo orgánico.
¿Qué ocurre entonces. . .? En futuras reencarnaciones estas lesiones repercutirán como enfermedades patológicas, enseñando al hombre por el dolor la obligación de valorizar la vida y el respeto a Dios.
No debemos olvidar que el periespíritu es el conductor de la energía que establece la duración de la vida física, así como es el responsable por la memoria de las existencias pasadas que se archivan en las telas sutiles del inconsciente actual, proporcionando reflejos o recuerdos esporádicos de las experiencias ya vividas.
Saludable y optimista debe ser para que el amor sea la base fundamental en este momento de cultura, tecnología, ciencia y de desamor. La humanidad ha llegado a un punto en que la tecnología aliada a la ciencia ha logrado casi todo, pero el amor es aún, todavía, una aventura. Nunca hubo tanta gente en la Tierra, más de 7.000 millones de personas, con tantos millones de personas, con tantos millones de soledad. El hombre marcha a solas.
Es por ello, que si queremos purificar nuestra alma debemos cuidar de nuestro vehículo físico para el aprendizaje en la “escuela terrestre” con buenos pensamientos y acciones. En consecuencia, cambiar la constitución de nuestro periespiritu, ya que como viajeros de la eternidad hoy estamos construyendo nuestro mañana.
Juan Miguel Fernández Muñoz

La importancia de nuestras acciones y decisiones

11 junio, 2015

carta

La libertad es la condición necesaria del alma humana, ya que sin ella no podría construir su destino.
A pesar de que a primera vista la libertad del hombre parece ser muy restringida por las propias limitaciones de las condiciones físicas, sociales, o por los intereses de cada uno, en realidad, siempre podemos eludir tales obstáculos y actuar de la manera que nos parezca más acertada.
“La libertad y la responsabilidad son correlativas en el ser y aumentan con su elevación, siendo la responsabilidad la que confiere al hombre dignidad y moralidad, sin ella no sería más que un autómata, un juguete de las fuerzas que nos acompañan”.
Cuando resolvemos hacer o dejar de hacer alguna cosa, nuestra conciencia siempre nos alerta al respecto, aprobándonos o censurándonos. A pesar de que la voz íntima nos alerte, siempre hacemos lo que fue decidido por nuestra voluntad o libre albedrío. Nada nos coacciona en los momentos de tomar las decisiones personales, de ahí que sea correcto afirmar que somos responsables de nuestros actos. Somos los constructores de nuestro destina. Nuestro presente y futuro se encuentran condicionados por nuestras acciones.
El libre albedrío es definido, pues, como “la facultad que tiene el individuo de determinar su propia conducta, o en otras palabras, la posibilidad que tiene de elegir, entre dos o más razones suficientes, para querer o actuar en una de ellas y hacerla prevalecer sobre las demás”. Nuestros actos tejen alas de liberación a cadenas de cautiverio para nuestra victoria o nuestra derrota. Todos nos hallamos ligados indisolublemente a nuestras propias obras.
Aceptar la vida como si estuviera guiada por un determinismo donde todos los acontecimientos están fatalmente preestablecidos es razonar de una manera muy ingenua, si no simplista; porque, si así fuera, el hombre no sería un ser pensante, batallador, capaz de tomar resoluciones y de interferir en el progreso. Sería solamente como un robot. irresponsable, a merced de los acontecimientos.
“La fatalidad existe pues únicamente por la elección que el Espíritu hizo al reencarnar de sufrir esta o aquella prueba”
“El libre albedrío, la libre voluntad del Espíritu se ejerce principalmente a la hora de las reencarnaciones, cuando escoge en el Mundo Espiritual determinada familia, cierto medio social, etc. Sabiendo de antemano cuáles son las pruebas que le aguardan, pero, igualmente comprende lo necesarias que son estas pruebas para desarrollar sus cualidades, limar sus defectos, despojarse de sus prejuicios y vicios. Estas pruebas también pueden ser consecuencia de un pasado funesto, que es preciso reparar, y las acepta con resignación y confianza.”
El futuro se le presenta entonces, no en sus pormenores, sino en sus líneas más destacadas, en la medida en que dicho futuro es la resultante de actos anteriores. Estos actos representan la porción de “fatalidad” o de “predestinación” que ciertos hombres son llevados a observar en todas las vidas.
“En realidad nada es fatal y cualquiera que sea el peso de las responsabilidades en que se haya incurrido, siempre se pueden atenuar, modificar la suerte con obras de abnegación, bondad, caridad, con un prolongado sacrificio al deber”. Recibiendo constantemente las oportunidades de enmendar nuestras deudas del pasado.
Los acontecimientos que pueden observarse a diario, dentro de la importancia que desorganizan el modo de vida, antes tan feliz, o bajo la forma de tragedias que provocan crisis de angustia y desesperación; la enfermedad que llega sin previo aviso, abatiendo el ánimo y el coraje, las decepciones con amigos o las esperanzas frustradas. La pobreza material, retratada en la desnutrición, la orfandad, los asaltos, y tantas cosas que se traducen en aflicciones e infortunios, podrán conducir al hombre que desconoce las verdades espirituales, a la locura o al suicidio.
Por esto, la Doctrina Espírita viene a poner en claro que las “vicisitudes de la vida” son de dos especies. O si se prefiere, provienen de dos fuentes bien distintas que debemos destacar: Unas tienen su origen en la vida presente y otras fuera de esta vida.
Al remontarse al origen de los males terrestres se reconocerá que muchos son consecuencia lógica del carácter y del proceder de quienes lo padecen.
Observando nuestro entorno y nuestra razón, aquella que nos distingue de los animales, nos señala que evidentemente debe existir alguna razón para esta diferencia, para esta realidad.
¡Cuántos hombres caen por su propia culpa! iCuántos son víctimas de su imprevisión, de su orgullo y de su ambición! ¡Cuántos se arruinan por falta de orden, de perseverancia, por proceder mal o por no haber sabido limitar sus deseos, sus ambiciones, por vivir sin control!
¡Cuántas molestias y enfermedades provienen de los excesos de toda clase! iCuántos padres son infelices a causa de sus hijos, por no haber combatido desde el principio sus malas tendencias, habiendo cedido o ignorado sus vidas,permitiéndoles desde muy jóvenes una libertad que no han sido capaces de controlar!
Entonces, ¿a quién habrá de responsabilizar el hombre por todas esas aflicciones, sino a sí mismo? El hombre, pues, en un gran número de casos es el causante de sus propios infortunios.
Sin embargo, sabemos que existen males que ocurren sin que nosotros, los hombres, tengamos una culpa directa. Son dolores que se originan en actos practicados en otras existencias y que debido a los abusos, perjudicaron el periespíritu, como por ejemplo, la pérdida de los seres queridos y la de quienes son el soporte de la familia. También los accidentes que ninguna previsión hubiera podido impedir. Los reveses de la fortuna, que frustran todas las precauciones que son aconsejadas por la prudencia. Los flagelos naturales, las enfermedades de nacimiento, sobre todo las que quitan a tantos infelices los medios de ganarse la vida por el trabajo personal, como las deformidades, la idiotez, el cretinismo, etc. Quienes nacen en estas condiciones, seguramente no han hecho nada en la existencia actual para merecer, sin compensación, tan triste suerte que no podían evitar.
No queda la menor duda de que lo que hoy somos es el producto de las experiencias vividas en el pasado. No hay sufrimiento sin una razón y la “Ley de Causa y Efecto”, o de “Acción y Reacción” rige nuestro destino, porque, si bien somos libres en la siembra, seremos esclavos de la cosecha, condicionándonos la reencarnación.
Dios nos concede por el libre albedrío, la responsabilidad de practicar el bien o el mal. No obstante, a partir del momento en que decidimos que hacer, ésta acción genera una reacción característica que vendrá más tarde, marcando nuestra nueva experiencia de vida. Así se explica, por la pluralidad de existencias y por el destino de la Tierra, como mundo expiatorio, las anomalías que muestran la distribución de la dicha y la desventura entre los buenos y malos, en este planeta.

Juan Miguel Fernández Muñoz

¿Por qué sufrimos?

11 junio, 2015

carta

El eterno y automático devenir del ser humano nos marca la manera de vivir la existencia de cada uno de nosotros, por eso los Espíritus nos dicen que somos los ”arquitectos” de nuestras vidas, la proyección de nuestros actos anteriores y actúales .
Por ejemplo, si nos remontamos en la historia a tiempos pasados, quizá no muy lejanos, basándonos en los grandes maestros que destacaron en la literatura, en la pintura, en el grabado, inclusive en la poesía, vemos que todo aquello que ha sido reflejado podía ser un vehículo para censurar los errores y los vicios humanos.

Es muy cierto que la pregunta que encabeza este articulo se formula de manera muy continuada por todos aquellos que estamos en la escuela de la vida, buscando una contestación que nos pueda aclarar este estado de dolor.

Ahora bien, si nos analizamos íntimamente con honestidad, lo cual es bastante complicado, ya que no vemos nuestras imperfecciones y sí la de los demás, podremos observar que muchos de los sufrimientos han sido generados por nuestro equivocado comportamiento.

Recordemos una vez más que hoy somos el reflejo del ayer y que estamos construyendo el mañana con nuestra manera de actuar y desarrollar esta vida que se nos ha ofrecido por necesidades evolutivas.

Cuando hablamos del tema de la evolución y de la experiencia en la que actualmente estamos, quienes conocemos las Leyes Divinas, en especial la “Ley de Causa y efecto”, comprendemos que a pesar de llevar una vida tranquila sin grandes alteraciones en nuestros comportamientos, deben existir motivos suficientes para que padezcamos alguna situación complicada que procuramos sobrellevar de la mejor manera posible gracias al conocimient0 consolador de la Doctrina Espírita. Pero aquellos otros que no han despertado aún a la vida espiritual, desconociendo estas rigurosas leyes, olvidándose lógicamente de todos sus principios religiosos, sean los que sean, despotrican de manera permanente de su estado y sobre todo, según su criterio, de Ia injusticia que la vida les hace padecer.

Observando nuestro entorno y las vivencias tan dispares, es muy difícil comprender alejados de este saber espírita, la naturaleza del dolor. Pero éste a veces es necesario porque nos hace pensar y despertar acicateados, buscando una respuesta a nuestro vivir.

Ahora bien, sí podemos interferir en esta nueva experiencia, sobre todo sabiendo la oportunidad que tenemos de corregir nuestras equivocaciones, aportando las vivencias positivas que nos faltó anteriormente; perseverancia, trabajo, dedicación, tolerancia, comprensión, responsabilidad y en especial el cuidado de nuestro vehículo orgánico al que posiblemente maltratamos entonces y ahora.

La llamada no es nueva. Siempre que intentamos transmitir el mensaje espírita lo hacemos bajo el prisma del saber, de aquello que hemos recibido. Bien es cierto que muchos lo conocemos y lo construimos a través de la teoría, siempre edificante, pero recordando que la palabra conmueve y el ejemplo a través de Ia actividad práctica arrastra. Por lo que aquella es baldía y sin sentido alguno si no se pone en marcha, y porque sabemos que nuestro vivir nos va a situar en un futuro, más o menos próximo, por vibración, en el plano ajustado a la propia evolución espiritual.

No está demás recordar las palabras del Espíritu de Juana de Angelis, que a través de la psicografía del médium brasileño Divaldo Pereira franco, nos dice que no hemos nacido para sufrir, sino para ser felices, pero que dependerá naturalmente de nosotros la felicidad de nuestras vidas.

Juan Miguel Fernández Muñoz