Archivado en 9 junio 2014

La Piedra Milagrosa

9 junio, 2014

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Hace ya algunos años nos contaron la historia de una etapa de la vida de dos hermanos canarios de Santa Cruz de Tenerife.

Ambos, Agustín y Pablo eran propietarios individualmente de sendos comercios dedicados a la venta de telas, sabanas, toallas, encajes, bordados, manteles, etc., separados entre sí por algunas manzanas de casas de esta ciudad.

Cierto día que coincidieron en una celebración familiar, los hermanos se sinceraron y mientras el menor Pablo le argumentaba a su hermano la difícil situación económica por la que atravesaba, debido a la poca actividad de su negocio,
Agustín le transmitía que el suyo funcionaba de acuerdo con los tiempos. No eran momentos para “tirar cohetes”, la verdad, pero se cubrían los gastos generales y además todos los meses se finalizaba ganando algún dinero.

“¿Y tú como lo consigues?” Preguntó Pablo.

Agustín respondió:

“Yo tengo un amuleto. Una piedra que me ayuda en mi trabajo”.

El hermano quedó muy sorprendido y solicitó:

“¿Y tú me puedes proporcionar una piedra de esas que hablas?”.

“Naturalmente, como no”. Contestó Agustín.

Quedaron en hablar más adelante.

Pasados unos días, Agustín llamó telefónicamente a su hermano menor para citarse con él y entregarle la piedra que le había solicitado.

“Pablo te entrego la piedra que me pediste, pero ésta tiene unas características especiales. Verás, debes colocarla en la tienda cerca de la caja registradora, y cada diez o quince minutos debes acariciarla. Ya sé que es una obligación molesta pero solamente funciona de esta manera. ¡Lógicamente algún inconveniente debía tener!”

Transcurrió el tiempo y en otro nuevo encuentro familiar, Pablo corrió hacia su hermano abrazándole mientras le agradecía el gran favor dispensado, porque gracias a la milagrosa piedra que le había facilitado, el negocio estaba transformado y ahora era hasta próspero.

Agustín escuchó sus comentarios, le miró con amor y le dijo:

“Querido Pablo, debo explicarte; antes te ausentabas frecuentemente del negocio visitando el bar y a los amigos varias veces al día, mientras tus empleados no prestaban atención al trabajo y dedicaban su tiempo a charlar entre ellos, sin atender debidamente a los clientes que entraban a comprar y cuando había que bajar de la estantería alguna tela que se encontraba un poco alta, ésta se había agotado, sin contar las frecuentes distracciones de la caja. Ahora como tú has de acariciar muy seguidamente la piedra, estás presente prácticamente casi todo el día. Ya no te ausentas de la tienda y tus empleados tienen que estar atentos a los clientes puesto que tú estás presente y naturalmente al estar cercano a la caja, ya no se distrae ningún euro de ella. Los amuletos y las magias carecen de importancia, solamente a través de nuestro esfuerzo y trabajo encontramos la compensación de nuestro buen hacer”.

El hermano que había escuchado la explicación, agachó la cabeza mientras Agustín advertía con tristeza como las lágrimas se escapaban lentamente de sus ojos, como tributo a sus errores.

El código moral de “El Evangelio de Jesús” dice:

“A cada uno le será dado según sus obras”.

Todos nos hallamos ligados indisolublemente a nuestras propias obras y debemos aprender de nuestras experiencias.

El presente y futuro se encuentran condicionados por nuestras acciones.

Los Espíritus nos transmiten que “nuestros actos tejen alas de liberación o cadenas de cautiverio, para nuestra victoria o nuestra derrota.

No achaquemos la situación que vivimos a “la suerte” ni tampoco al repetitivo “karma” como a veces acostumbramos a implicar. Los que hemos tenido la necesidad o el “merecimiento” de despertar.

Aquellos que por las causas que desconocemos ahora somos conocedores de la parte teórica que los Espíritus nos ofrecen, no debemos demorar más la puesta en marcha de la práctica.

Sabemos que el espíritu es perezoso por naturaleza y mucho más aquellos que estamos encarnados en este maravilloso planeta llamado Tierra, pero de nada nos servirá tener buenas intuiciones, estar trabajando y colaborando con los buenos espíritus, si no arrancamos de una vez para alcanzar este peldaño que solo nosotros podemos generar.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Recolectaremos La Siembra

9 junio, 2014

sembrar

Hace algunos años, un buen amigo espírita, nos contaba una historia que deseamos relatar por su significado espiritual.

Para situarnos en la escena que vamos a narrar debemos imaginarnos el interior de un local donde las personas se amontonan a lo largo de una barra de un bar o cafetería para disfrutar de unos minutos de esparcimiento, bien tomando un café, refresco o cualquier otra bebida.

Apartada, en un rincón del establecimiento, se observa una de esas máquinas de juego que nos llama la atención destacándose el movimiento continuo de las luces en su panel frontal, así como la música que suena pegadiza.

Pasan unos minutos y vemos como una de las personas se acerca a la citada máquina “tragaperras”. Algunos de los presentes observan al “jugador” con incredulidad, ya que este se va arrancando los botones de su camisa y uno a uno los introduce a través de la ranura de monedas sin que su funcionamiento curiosamente se atasque.

Los asistentes a esta escena han ido mirándose con suma extrañeza sin comprenderla, y es en ese momento en el que suena estrepitosamente la música que indica “PREMIO”.

El jugador sonríe a todos aquellos que le rodean con incredulidad y coloca sus manos en el lugar donde se recogen las monedas del premio concedido, contemplando que a sus manos regresan los nueve botones que precisamente él había introducido con anterioridad en la máquina a través de la ranura del ingreso de monedas.

Cuantas veces a lo largo de nuestra vida hemos vivido situaciones que nos han marcado decepcionándonos, por sufrir las actuaciones, a nuestro juicio injustas, de familiares, amigos, compañeros, etc.

Pero pasa el tiempo y contemplamos como los propios acontecimientos de la vida demuestra, es verdad, que “coloca” a cada uno de nosotros en su lugar, destacándose la “acción-reacción” que tantas veces hemos esgrimido, es decir que algunos reciben la medicina que antes practicaron, ya que cuando actuamos indebidamente, no tenemos presente olvidando lo que San Lucas, 6:43 a 45 nos comenta en el Evangelio según el Espiritismo en el Capítulo XXI: “Se conoce el árbol por su fruto” : “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”

Aquellos que conocemos a través del estudio de la Doctrina Espírita las “Leyes Divinas”, debemos, después de agradecer a Dios esta oportunidad que estamos disfrutando, a pesar de nuestras propias dificultades, considerar detenidamente las acciones antes de actuar, puesto que aquello que sembremos será lo que recojamos en un futuro y a veces en el presente.

Recordando que si no es ahora lo será en otras existencias posteriores, puesto que la Ley de Causa-Efecto llegará a nosotros de manera natural.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Un Día En La Vida De Allan Kardec

9 junio, 2014

literatura espírita

París, a pesar de ser “La Ciudad De La Luz” es triste en invierno. Aquella tarde también lo era. La nieve caía lentamente, pero Kardec sentado en su despacho, no observaba lo que ocurría al otro lado de los ventanales. Estaba preocupado, encerrado en sus pensamientos, un dolor, un sufrimiento marcaba su rostro austero.

Eran días difíciles. El dinero no alcanzaba para las publicaciones, al tiempo que llovían las cartas de elogios y quejas protestando por la publicación de “El libro de los Espíritus”, que había tenido un eco en el mundo intelectual.

En pugna, tenía dos fuerzas enfrentadas a él. “El materialismo” que no aceptaba que la Doctrina Espírita impulsara al hombre en la dirección de Dios y las “clericales”.

Con el corazón oprimido recordó como los Espíritus le habían despertado. Cómo se había iniciado todo “aquello”.

Recordó como su amigo el Sr. Fortier, magnetizador como él, con el que mantenía una gran amistad desde hacía 25 años, le había hablado por primera vez de las mesas giratorias. De las mesas danzantes. Era el año 1.855.

Y cómo en casa de la Sra. Plainemaison, sensitiva, a la que acudieron para presenciar el fenómeno, su amigo el Sr. Fortier le decía ¡Pregunte! ¡Pregunte! Y el preguntaba “mentalmente” y la mesa contestaba con golpes a sus preguntas.

Después de varias visitas comprendió Hipólito León Denizart Rivail, pues entonces mantenía su verdadero nombre, que era un fenómeno diferente y que fuerzas inteligentes se encontraban detrás de todo aquello.

Y estando absorto con sus pensamientos, la puerta se abrió y entró en el despacho su esposa “Amelia Gabriela Boudet”.

“Hipólito, acaban de traer este paquete para ti…”

Lo recogió, era un paquete humedecido, cortó las cuerdas que lo rodeaban y lo abrió.

Era un libro de color verde, en cuero de Rusia, con sus hojas raídas y amarillentas por el uso. Unas letras impresas en oro decía “El libro de los Espíritus”. Y más abajo Allan Kardec.

Observó sus hojas desgastadas y entre ellas encontró una carta. Desplegó el papel y leyó:

“Señor Kardec, permítame saludarle con mucha gratitud, este libro salvó mi vida.

Yo soy Joseph Perrier y hace muchos años que trabajo de encuadernador en París, siendo muy aceptado.
Le tengo que hacer un poco de historia, pero permítame que le ofrezca este libro para que usted lo tenga de recuerdo, porque a este libro le debo la vida”.

Kardec respiró profundamente y siguió leyendo la carta que decía…

“Yo vivía feliz. Tenía un hogar. Me había casado hacía pocos años y mi esposa llenaba todas las ilusiones de mi vida. Todo me sonreía. Profesionalmente estaba trabajando bien… Pero un día una enfermedad nefasta, cruel, marcó nuestra existencia y fue consumiendo la de ella, hasta que murió.

Fue todo tan rápido Sr. Allan Kardec que no conseguía comprender porque pasaba esto. Materialista, ateo, no aceptaba que hubiese un Dios capaz de llevarse de mi lado a alguien tan amoroso, tan gentil, que había alegrado mi vida. Y ya mi vida no tenía sentido.

Después de que ya la había sepultado, solamente una idea rondaba mi cabeza. Era la del suicidio. Para que seguir viviendo. Qué razón había para que me mantuviera con vida, mientras ella estaba al “otro lado”, según decían las religiones de la vida. Pero yo no tenía ninguna prueba, no tenía ninguna evidencia. Ella no estaba más a mi lado, no afectaba mis sentidos, y mis sentimientos estaban destrozados por la ausencia de ese ser tan amado, tan querido.

Una noche paseando por el Sena, no hace mucho tiempo señor Kardec, esa idea constante del suicidio continuaba rondando mi mente. Avancé por el “Puente Nuevo”, la niebla parecía cubrirlo todo. Apenas se veían las farolas iluminadas y dije: “Este es el momento”.

Miré las aguas turbulentas del Sena en las que algunos pedazos de hielo ya empezaban a marcha y dije “Sí ¡Ah querida mía, si realmente me esperas estaré allí del otro lado muy pronto! Y cuando fui a parapetarme en el borde del puente “algo” cayó a mi lado que me llamó la atención, me distrajo y miré. Me agaché y lo recogí. Era un libro. Con él en la mano busqué una de las farolas para ver de qué se trataba. Era un libro humedecido por el rocío que había caído en la noche y que decía: El libro de los Espíritus”. Abajo alguien había escrito “Este libro salvó mi vida”.

No sabía qué actitud tomar… El instante en que quería matarme había pasado y la curiosidad por saber de qué se trataba ese libro que decía “…que había salvado la vida a alguien” alguna cosa tendría.

Emprendí el regreso a mi hogar y pasé el resto de la noche leyendo este libro.

¡Ah señor Kardec, yo quiero agradecerle a usted que me salvó la vida!

Ahora sé que este libro es maravilloso y doy gracias a usted que fue quien lo escribió y quien escuchó las voces de los Espíritus para darme una orientación.

Recíbalo entonces con mi profunda gratitud porque nunca habré de olvidarme que gracias a usted no me he matado. Y escribió también en el libro “A mí también me salvó la vida”.

Allan Kardec sintió que le corrían las lágrimas por las mejillas y pensó “que poca importancia tenía la incomprensión de los demás o la intolerancia cuando en realidad alguien venía a agradecerle el haberle salvador la vida”. Y lloró.

Ese fue un hecho “importantísimo” en la vida del notable Maestro codificador del Espiritismo, porque de esa manera, en la hora crucial en que el sentía el desamor de la gente, llegaba una prueba de gratitud que todos de alguna forma necesitamos en un momento de nuestra vida. No porque hagamos el bien o ayudemos a alguien esperando la recompensa, sino también porque se necesita una palabra de estímulo.

Juan Miguel Fernández Muñoz.
Asociación de Estudios Espíritas de Madrid